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Los niños y niñas zapatistas y los secretos de la guerra

“Los niños pueden producir guerras y amores, encuentros y desencuentros”


Por Alex Contreras Baspineiro
Jefe Sudamericano de Narco News

11 de mayo 2004

La Realidad (Chiapas, México). Parecen niños introvertidos pero viven en libertad e igualdad, aparentan timidez extrema pero son sociables y solidarios, reflejan ser ariscos pero son pura ternura y dignidad, así son los niños y niñas zapatistas de los municipios autónomos del Estado de Chiapas. Ellos a su corta edad, ya saben cómo es sobrevivir en una guerra, pero también en el amor.


Niños zapatistas viajando encima del techo de un camión de los municipios autónomos.
Foto: Alex Contreras Baspineiro, D.R. 2004
En los municipios autónomos rebeldes del Estado de Chiapas (México), existen decenas, cientos, miles de niños y niñas que se debaten entre la guerra y la pobreza. Son parte activa de la revolución zapatista.

“Nosotros vivimos un tantito en pobreza, un tantito, pero lo importante es que somos felices y libres lo mismo que nuestros padres”, nos dijo Hugo de 12 años en esta población zapatista.

Este niño desde hace tres años que vive sólo con su madre. A su corta edad asumió el rol de una persona mayor participando en los trabajos colectivos, cortando leña, abriendo siembras y también moliendo café.

En época de clases debe asistir también a su escuela.

Participa –representando a su familia- en todos los trabajos colectivos que se concertan en las comunidades que están controladas por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y del Comité Clandestino Revolucionario Indígena. Es una obligación para todas las familias.

En esta época del año, las clases escolares están suspendidas en todos los territorios autónomos rebeldes porque dentro el ciclo agrícola se realiza la siembra de productos, especialmente maíz.

Mientras dura el descanso de los niños y niñas del ciclo primario, los estudiantes de secundaria pasan clases para consolidar su formación como promotores. Ellos serán los formadores de los menores.

El subcomandante insurgente Marcos, en su comunicado “Los Diablos del Nuevo Siglo
(Los niños zapatistas en el año 2001, Séptimo de la guerra contra el olvido)”
, escribió:

Este no es un texto político. Es sobre los niños y niñas zapatistas, sobre los que estuvieron, sobre los que están y sobre los que vendrán. Es, por tanto, un texto de amor… y de guerra.

Los niños pueden producir guerras y amores, encuentros y desencuentros. Magos impredecibles e involuntarios, los niños juegan y van creando el espejo que el mundo de los adultos evita y aborrece. Tienen el poder de modificar su entorno y convertir, es un ejemplo, una hamaca vieja y deshilachada en un moderno avión, en un cayuco, en un carro para ir a San Cristóbal de Las Casas. Un simple garabato, trazado con el lapicero que la Mar les facilita para estos casos, les da batería para contar una complicada historia donde el “anoche” abarca horas o meses, y el “al rato” puede querer decir “el siglo que viene”, donde (¿alguien lo duda?) ellos y ellas son héroes y heroínas. Y lo son, pero no sólo en sus historias ficticias, también y sobre todo en su ser niños y niñas indígenas en las montañas del sureste mexicano.

Nueve son los círculos del infierno de Dante. Nueve las cárceles que encierran a los niños indígenas en México: hambre, ignorancia, enfermedad, trabajo, maltrato, pobreza, miedo, olvido y muerte.

La cultura indígena

La mayoría de los niños y niñas zapatistas caminan descalzos, muy pocos llevan sandalias: son trabajadores como ellos solos, en el río son expertos nadadores, mientras las niñas ayudan a lavar la ropa, los niños agarran cangrejos.


Los niños y niñas que dibujan en una libreta de apuntes en La Realidad.
Foto: Alex Contreras Baspineiro, D.R. 2004
Para montar caballos son diestros a corta edad. “Son pues nuestros juguetes, así como otros niños tienen bicicletas nosotros tenemos caballos”, agregó Ramón.

Cuando los menores zapatistas ven a un “extraño” primero no le hablan por instrucción de sus padres y de la comunidad. Luego se acercan para preguntarle todos sus datos. Es un interrogatorio que luego presurosos comentan a sus padres.

Después de permanecer varios días en esta población de la Selva Lacandona, hacíamos dibujos con un grupo de niños y niñas en mi libreta de apuntes de periodista:

– ¿De dónde vienes?, me preguntó Luciana de 10 años aproximadamente. – De Bolivia ¿sabes dónde está? , le contesté. – Ah!, donde vivió el “Che” Guevara, me dijo. – No, donde murió el Ernesto Guevara, corrigió Hugo.

Los niños y niñas zapatistas tienen una educación muy diferente al sistema educativo formal. Priorizan la cultura indígena, las matemáticas, la salud, la historia y los derechos de los pobres. El sistema educativo también es autónomo. No toman en cuenta los programas del Gobierno Federal ni Estatal.

Una vez entablado el diálogo, en forma sigilosa y sonriente regresan para ofrecer a los visitantes artesanías, bolsas, blusas y caparazones de caracol, entre otras cosas que fueron elaboradas por manos de las mujeres zapatistas. Son diestros vendedores.

Los menores que viven en La Realidad no pueden recibir absolutamente nada de una persona ajena a la comunidad, menos si es alimento, bebida o caramelos. Saben que están en guerra.

“Los extraños del mal gobierno nos pueden dar una cosa que nos haga mal, por eso no aceptamos nada”, dijo la niña Matilde.

Aunque casi la totalidad de los menores que viven en La Realidad son descendientes de los tojolabales, la educación que les imparten es en español. El objetivo es que aprendan a defenderse en la vida.

Dramática situación

Antes del levantamiento zapatistas, los niños y niñas del Estado de Chiapas eran las principales víctimas de las “enfermedades de la pobreza”. Es decir que, las infecciones intestinales, respiratorias y epidérmicas y la falta de atención médica, acabaron con muchas vidas.

“Ahora se ha mejorado la situación. Tenemos nuestras propias microclínicas donde se combina la medicina natural y también la otra. Tenemos atención en los cinco caracoles y estamos mejorando”, nos dijo Nayoly, la secretaria de salud de la Junta de Buen Gobierno de La Realidad.

El subcomandante insurgente Marcos, a propósito de la situación de los niños y niñas indígenas escribió en el mencionado texto de “Los Diablos del NuevoSiglo”:

En las comunidades indígenas de Chiapas, la desnutrición infantil llega hasta el 80%, el 72% de los niños no alcanzan siquiera a terminar el primer año de la primaria escolar, y en todos los hogares indígenas, niños y niñas, desde los 4 años de edad, deben cortar y acarrear leña para comer. Para romper esos círculos hay que pelear mucho, siempre, incluso desde niño. Hay que luchar fuerte. A veces hay que hacer una guerra, una guerra contra el olvido.

No sólo en este pueblo errante, en todas las comunidades zapatistas los niños y niñas crecen y se van haciendo jóvenes y adultos en medio de una guerra. Pero, contra lo que se pueda pensar, las enseñanzas que reciben de sus pueblos no son de odio y venganza, mucho menos de desesperanza y tristeza. No, en las montañas del sureste mexicano los niños crecen aprendiendo que “esperanza” es una palabra que se pronuncia en colectivo, y aprenden a vivir la dignidad y el respeto al diferente. Tal vez una de las diferencias de estos niños con los de otras partes, es que éstos aprenden desde pequeños a ver el mañana.

Más y más niños y niñas seguirán naciendo en las montañas del sureste mexicano. Serán zapatistas y, como tales, no alcanzarán a tener un ángel de la guarda. Nosotros, “pobres diablos”, habremos de cuidarlos hasta que se hagan grandes. Grandes como nosotros, los zapatistas, los más pequeños…

Los niños y niñas que tenían cinco o diez años, cuando se inició el proceso revolucionario, ahora ya son adolescentes o incluso adultos, varios tienen familia y aportan con su experiencia a los menores.

Un rol silencioso


Niñas en la comunidad de Elambó Alto, municipio de Zinacantán.
Foto: Alex Contreras Baspineiro, D.R. 2004
Aunque la mujer juega el rol más silencioso en los pueblos autónomos rebeldes, el comandante autonombrado como Bernal nos dijo que su participación es vital no sólo en la familia sino en la comunidad.

Generalmente el trabajo de una mujer zapatista se inicia antes de las cuatro de la mañana y concluye sólo antes de ir a descansar.

La mujer indígena es la más reservada. Casi no habla, trabaja. Pero las zapatistas luchan también por sus propios derechos como mujeres y, en más de una oportunidad, dieron lecciones de dignidad y de coraje al enfrentarse directamente a las fuerzas militares y policiales.

Las familias zapatistas de esta población de La Realidad son un su generalidad numerosas. Tienen un promedio de siete hijos. A los 16 o 17 años un varón y una mujer a los 14 o 15 ya tienen permiso para casarse.

“En estas comunidades todos somos iguales. A los hijos debemos darles ejemplo no sólo con palabras sino con hechos, eso es lo más importante que vean lo que se hace para que sigan los buenos ejemplos”, señala Bernal.

Los niños y niñas en los territorios zapatistas son considerados como un pilar importante por el trabajo y las actividades que realizan. En este difícil proceso de cambio, al final de cuentas, los niños y niñas están ganando y, en una revolución, eso es lo más importante.

Antes de salir del pueblo de La Realidad, Hugo el niño de 12 años, llegó corriendo al camioncito de los municipios autónomos. Me llamó y en absoluta reserva me regaló un caracol: “tendrás suerte”, me dijo…

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