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El micoherbicida está de vuelta

El congreso de Estados Unidos declaró la guerra biológica a Sur América en una nueva propuesta.


Por Jeremy Bigwood
Especial para The Narco News Bulletin

25 de julio 2005

La actitud tipo Dr Strangelove, adoptada por los más extremistas guerreros contra las drogas, se ha hecho presente de nuevo. Dan Burton y Mark Souder, ambos congresistas republicanos de Indiana, provenientes del ala más tradicional y religiosa del partido, están modificando el presupuesto de la oficina del zar antidrogas en un intento por revivir un proyecto “Frankenstein”, consistente en usar micoherbicidas (hongos tóxicos) para eliminar cultivos ilegales. Incluso los funcionarios antidrogas del gobierno han rechazado la propuesta de usar estos organismos, debido a los daños que genera su toxicidad en los humanos y el medioambiente. Su uso, además, también ha sido rechazado por varios gobiernos a lo largo y ancho de los Andes.

El otrora secreto programa de micoherbicidas tiene una larga historia. El concepto se propuso por primera vez durante la década de 1970 y se constituyó como una excelente idea a los ingenuos promotores del prohibicionismo. El gobierno quiso desarrollar un hongo que atacara únicamente a plantas ilícitas. Entonces, su acción sería específica, dejando sano todo lo demás. Se eliminarían cultivos existentes de marihuana, coca y amapola apenas en un par de semanas. Además, el hongo permanecería en el suelo durante años eliminando así otras futuras plantaciones ilícitas. Si ninguna de estas plantas continuara siendo cultivada en el área durante los años siguientes, el hongo desaparecería. El micoherbicida “milagroso” podría eliminar los cultivos ilícitos definitivamente. A lo largo del mundo. Ese sería el fin del problema de las drogas para siempre… según ellos…

Muchos de los primeros trabajos al respecto fueron llevados a cabo de manera secreta, principalmente por la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) y científicos contratados por el Departamento de Energía (DOE). El trabajo clandestino se centró en múltiples variedades de dos especies de hongos: el Fusarium oxysporum, destinado a eliminar plantas tanto de coca como de marihuana y el Pleospora papaveracea, cuya función es eliminar la amapola. Además, científicos de Estados Unidos hicieron versiones genéticamente modificadas de Pleospora, aumentando su potencia con genes de Fusarium.


Campesinos peruanos del valle del Huallaga en el Perú sosteniendo muestras de cacao malformado. Afirman que ello se debe a la epidemia producida por Fusarium, que arrasó con la coca de la región a partir de los años 80 y durante los 90. El origen de la epidemia aún no es claro, pero hay quienes creen que fue un experimento del gobierno de EU y que fue rociado a los cultivos en secreto o que se vendió a campesinos que ingenuamente lo compraron para usarlo como abono o pesticida. Varios profesionales creen que la epidemia tuvo un origen “natural” y que se incrementó debido a prácticas agrícolas precarias. Pero más allá del debate sobre el origen de la epidemia, lo que varios informes indican es que esta atacó a otros cultivos – desde limonaria hasta otros cultivos de consumo básico- y que contaminó el suelo por largos periodos. Así mismo, los campesinos también aseguran que varios de sus familiares han muerto inesperadamente. Informes del Departamento de Estado de EU aseguraron que comunidades enteras se vieron obligadas a abandonar sus terrenos porque ninguna planta volvió a crecer allí, luego de la llegada de la epidemia.
Foto: Jeremy Bigwood D.R. 2000
Pero todo esto no es tan bueno como parece: el hongo no simplemente golpea a la planta indicada. No es un proceso mecánico sino químico. El hongo micoherbicida actúa como una micro-fábrica viviente de químicos que produce componentes llamados micotoxinas, a las cuales dicho hongo es inmune. Cuando el hongo se encuentra con una forma de vida determinada, tal como la raíz de una planta, segrega estas micotoxinas, las cuales disuelven las paredes celulares de ese organismo. Luego el hongo ingiere el contenido ya licuado del organismo y se reproduce a sí mismo, moviéndose dentro del espacio de las células muertas como un huésped indeseable y mortal. Desde allí, produce más micotoxinas y repite el proceso con las células contiguas hasta cubrir un área sustancial de la planta. Como el hongo suele atacar las raíces, el tallo de la planta se marchita y se seca hasta morir. A diferencia de los herbicidas químicos – que se hacen en fábricas, se aplican a las plantas y luego se degradan (unos más que otros)-, los micoherbicidas pueden ser considerados como fábricas vivientes de químicos, siempre listas para matar e impedir el crecimiento de otras plantas.

Las micotoxinas que disuelven las células, las cuales son producidas por los propuestos micoherbicidas, fueron originalmente descubiertas luego de que cientos de miles de personas murieron debido a hemorragias internas, después de comer pan que se hizo con cereal almacenado durante el invierno y contaminado con el Fusarium, durante mediados de los 40 en la Unión Soviética. Los científicos soviéticos aislaron e identificaron el Fusarium responsable. Luego lo cultivaron y extrajeron de él una nueva serie de toxinas, llamados “trichothecenas.” A una de ellas se le dio el simpático apodo de “vomitoxina”. Durante la Guerra Fría estas potentes y químicamente estables micotoxinas comenzaron a usarse como armas. De esta manera, se empezaron a producir en masa y entraron a formar parte de la reserva de las grandes potencias, para ser utilizadas durante la guerra química.

Otra toxina trichothecena, llamada fumonisin, ocupó los titulares un par de años atrás, debido a que mujeres embarazadas latinoamericanas consumieron tortillas de maíz contaminadas con Fusarium, lo que generó una racha de niños que nacieron sin cerebro y con otros defectos de nacimiento, a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos . A fin de proteger a la población, agencias gubernamentales alrededor del mundo, incluyendo al Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA), gastan varios millones de dólares revisando cereales y maíz para asegurarse de que estos hongos o las toxinas que producen no están contaminando las reservas de comida.

Además, el hongo no sólo ataca las plantas. La Administración de Control de Drogas de los Estados Unidos (DEA) financió abiertamente algunas de las primeras investigaciones sobre la acción del Fusarium en la marihuana durante los años 70. Al mismo tiempo la CIA y el DOE estuvieron financiando otros trabajos al respecto que se estaban llevando a cabo de manera clandestina. Sin embargo, la DEA se retiró del proyecto después de comprobar que el hongo en sí mismo podría infectar y matar mamíferos, incluyendo humanos con sistemas inmunodeficientes (como personas que padecen de gripa o fatiga extrema).

Durante los ochentas y noventas, la USDA tomó y reprodujo muchas de las primeras investigaciones clandestinas realizadas tanto por la CIA como por el DOE y continuó trabajando, desarrollando varias maneras de producir esporas masivamente, de almacenarlas, y de aplicar el hongo. Otros países hicieron un trabajo similar. La USDA también realizó investigaciones reveladoras para determinar que tan precisos eran estos hongos, al momento de atacar a los organismos que habitaran las plantas. Estos estudios mostraron que los diferentes tipos de hongos, utilizados para eliminar plantas de coca o marihuana, también podían afectar cultivos de uso legal. De hecho, el micoherbicida Fusarium pudo infectar y eliminar plantas de diferentes propiedades. En el caso del micoherbicida Pleospora, utilizado para eliminar la amapola de opio, se comprobó que este también ataca otras especies de esta misma flor, tales como la amapola ornamental que no contiene opio, es legal y decora millones de jardines en todo el mundo.

Algunas de las primeras investigaciones soviéticas mostraron que no es sólo el tejido o las esporas del hongo, lo que puede permanecer por años en el suelo. Es más, las micotoxinas que secreta el hongo pueden durar allí más tiempo que las células vivientes. Muchas de estas micotoxinas no se disuelven en agua ni se degradan rápido, así que pueden permanecer en el suelo y envenenarlo durante varios años, impidiendo el futuro crecimiento de plantas y dejando estériles, durante largo tiempo, terrenos destinados a la agricultura.


Un campesino peruano revisa plantas de coca afectadas por el Fusarium. La epidemia producida por este y que destrozó el valle del Huallaga en el Perú, fue denominada como la “seca seca” por sus habitantes, pues una vez que el hongo ahogó las raíces de la planta, está se secó y marchitó.
Foto: Jeremy Bigwood D.R. 2000
En el año 1999, el nuevo zar antidrogas de la Florida decidió sacar a flote la idea de usar micoherbicidas contra la marihuana cultivada en ese estado. Dicha iniciativa fue bloqueada por manifestaciones de oposición muy fuertes, no precisamente provenientes de alguna asociación de productores de la marihuana, sino del propio Departamento de Protección del Medio Ambiente de Florida, el cual planteó otro problema mayor: el tema de la mutación. Los hongos pueden mutar y cambiarse de huésped, sobre todo el Fusarium, y las especies propuestas eran conocidas por haber causado epidemias a otras plantas. Entre más se aplica masivamente un hongo, mas posibilidades hay de que presente mutaciones. De esta manera, el despliegue de micoherbicidas fue rechazado en la Florida.

Durante finales de los noventa, se estaba proponiendo la aplicación de micoherbicidas, como parte del Plan Colombia, el programa antidrogas y antiguerrilla (y ahora antiVenezuela) estadounidense que ha costado miles de millones de dólares. Quizás el congreso norteamericano pensó que los colombianos permitirían lo que no permitieron los ciudadanos de su país en Florida. (La Secretaria de Relaciones Exteriores de esa época, Madeleine Albright, incluso, afirmó públicamente que estaba intentando aplicar los micoherbicidas en Colombia, a través de un programa de la Organización de Naciones Unidas (ONU). Dicha entidad se opuso inmediatamente a esta iniciativa, diciendo que no quería tener nada que ver con esta “idea norteamericana”.)

En el año 2000, hubo cada vez más críticas al plan de micoherbicidas, tanto en Estados Unidos como en otros países, sobre todo de América Latina. Un sitio web de carácter educativa, “mycoherbicide.net” (ahora mycoherbicide.info), creado por mí, señala las diversas críticas al programa. Además, diversas ongs estadounidenses – entre ellas, Earth Justice, Amazon Alliance, Colombian Human Rights Committee, Institute for Policy Studies, National Organization for the Repeal of the Marijuana Laws, Latin America Working Group, Washington Office on Latin America, y sobre todo, el Sunshine Project, se unieron al coro de los opositores. Por otra parte, afuera de EU, además de la ONU, varios países manifestaron, abiertamente, hostilidad frente a la idea, que se reflejó en sus medios de comunicación. El deseo de EU de imponer a la fuerza el uso de micoherbicidas en Colombia, fue un tema de amplia discusión, no sólo en ese país, sino en otras latitudes de América Latina tales como Ecuador, Perú, Venezuela y Brasil.

Pero el congresista Burton, igual que sus compañeros de lucha antidrogas Hasert, Souder, Hyde, Rohrabacher, y el resto del “comité de aplauso a los micoherbicidas”, seguía respaldando el proyecto, promulgando así el Plan Colombia en agosto de 2000. El entonces Presidente Clinton firmó la ley, pero, usando un lenguaje muy confuso, “derogó” el uso de micoherbicidas en Colombia. Pero ¿por qué lo hizo? Pues porque meses atrás había recibido una carta donde un laureado premio Nobel, a quien profesaba mucho respeto le llamaba la atención (el Nóbel querría quedarse en anónimo). En dicha carta afirmó que el uso de micoherbicidas – sobre todo en una situación de guerra como la de Colombia (o en Afganistán) implicaría la entrada unilateral de EU a la guerra biológica. En respuesta a dicha carta, Clinton ordenó hacer una reunión con el Consejo de Seguridad Nacional para revisar el tema. El resultado de este encuentro – que involucró a varios organismos del gobierno EU – fue la confirmación de las sospechas del Nóbel. Clinton no iba a pasar a la historia como el presidente estadounidense que llevó la guerra biológica a un mundo ya de por sí trastornado.

Al mismo tiempo, una rebelión contra los micoherbicidas se estaba llevando a cabo en “el patio trasero” de Estados Unidos. Más o menos una semana después de la “derogación” de Clinton, durante una reunión de los gobiernos de la Comunidad Andina en Lima, representantes del Comité Andino de Autoridades Ambientales (CAAAM) “rechazaron” el uso de las micoherbicidas en un acuerdo que prohibió la erradicación con Fusarium a lo largo de los Andes. Bolivia ya había promulgado un proyecto de ley que prohibía toda erradicación, salvo la que se realiza manualmente. Perú y Ecuador siguieron el ejemplo con edictos presidenciales que prohibieron los programas de erradicación química y biológica.

A finales de 2000, el programa de micoherbicidas parecía estar a punto de desaparecer. Pero tras escena, miembros testarudos del Organismo de Narcóticos y Aplicación de Leyes Internacionales (INL) del Departamento de Estado, seguían impulsando la idea, junto con funcionarios de la Oficina del Zar Antidrogas (ONDCP). Todavía se estaban llevando a cabo programas de investigación sobre el Pleospora, con el fin de erradicar la amapola en Afganistán, en Europa oriental y en las ex republicas soviéticas, financiados por la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) y, quizás, también, por Gran Bretaña y el INL. Poco tiempo después, tanto UNODC como los británicos expresaron sus temores y a finales de 2000, la mayoría de los organismos del gobierno de EU involucrados en la erradicación también comenzaron a mostrar su oposición abiertamente. El USDA, el Departamento de Defensa (DOD), DEA, EPA y CIA se manifestaron, entonces, sólidamente, contra de la idea.

En el Departamento de Estado, las cosas también estaban cambiando. Durante años, sectores enteros de este organismo, además de embajadores, organizaciones que trabajan sobre temas ambientales y la mayor parte del INL (sobre todo aquellos que trabajaban en el campo), se habían opuesto a los micoherbicidas. Pero había todavía un par de creyentes, fervorosos en el proyecto, llamados Rand Beers y Bobby Charles. Sin embargo, en el 2003, Beers dejó el Departamento de Estado para trabajar en la campaña presidencial de John Kerry (mostrando que los demócratas se han equivocado tanto como los republicanos frente a este asunto). Por otra parte, en el 2005, Bobby Charles fue retirado de su cargo, cuando la doctora Rice llego al poder, luego de que él hubiera insultado la habilidad de los aliados británicos para controlar el negocio del opio en Afganistán. Con el despido del Sr. Charles, ya no había nadie en el Departamento de Estado que todavía promoviera los micoherbicidas.

En el 2005, dentro del gobierno estadounidense, sólo el ONDCP pareció seguir apoyando el uso de micoherbicidas. Aunque en realidad esa organización ya había cambiado su postura desde antes, luego de contratar a un científico permanente, no había querido emitir ninguna declaración al respecto. El cambio se evidenció durante una audiencia, el 11 de mayo de 2005, del Comité de Relaciones Internacionales de la Cámara de Representantes, cuando el pro-micoherbicida Dan Burton le preguntó al zar antidrogas EU, John Walters, por que el ONDCP no los estaba aplicando. Aquí va el intercambio de palabras:

Dan Burton: Entonces, ¿porque no aplicarlo?

John Walters: Bueno, sobre todo porque es probable que la controversia alrededor de las micoherbicidas, produzca una átmosfera de preocupación sobre otros agentes que ya estaban siendo introducidos en el medio ambiente, teniendo en cuenta que ya tenemos una herbicida eficaz [el Roundup]. El gobierno colombiano también ha manifestado que no está interesado en hacer esto. Además, no es claro si este organismo afecta solamente a la coca… Si se esparce demasiado – y no ataca específicamente a la coca – podría ocasionar daños considerables al medio ambiente, lo que acarrearía un problema muy delicado en Colombia. Para empezar a probar el micoherbicida en un área abierta donde haya gente trabajando en cultivos legales y animales de granja, hay que asegurarse de que no es nocivo. Si se va a llevar a cabo este tipo de acciones en un contexto democrátic, o hay que lograr que la gente tenga la confianza de que no se constituye como algo peligroso.

Burton estaba visiblemente enojado con este cambio, el cual fue una evidencia irrefutable de que la totalidad del gobierno EU había decidido oponerse al uso de micoherbicidas. A poco menos de un mes después de lo ocurrido, Burton y su colega Mark Souder del comité de aplauso al uso de micoherbicidas, agregó una enmienda a la Ley de Reautorización del ONDCP para impulsar el estudio de micoherbicidas. Según el boletín de prensa diario del Dialogo Interamericano, un “think tank” de Washington, “la enmienda de Burton ordena al director del ONDCP que le presente al Congreso – dentro de los 90 días de la promulgación de la ley – un plan de acción para asegurar que una evaluación apresurada, completa, y detallada del efecto de los micoherbicidas – como estrategia de eliminación de cultivos ilícitos- sea realizada por organismos de investigaciones científicas pertenecientes al gobierno.”

Al final solo podemos esperar lo improbable – que el congreso recobre el juicio – o, si se promulga la ley, que el resto del gobierno estadounidense y de los científicos involucrados sean capaces de detener otra vez a los Dr. Strangelove del Congreso que quieren embarcarse, peligrosamente, en una guerra biológica que terminaría poniendo en riesgo al mundo entero.

Jeremy Bigwood es colaborador frecuente de Narco News, y fue profesor en dos sesiones de la Escuela de Periodismo Auténtico. Antes de trabajar como periodista, publicó varios ensayos científicos, evaluados por sus colegas del ámbito micológico y químico, sobre las toxinas de hongos. En el 2000, fue premiado con una beca de investigación MacArthur para estudiar el programa de micoherbicidas del gobierno de EU. El año siguiente se desempeñó como asesor técnico en la reunión de la Comunidad Andina que prohibió el uso del micoherbicida Fusarium en todos los países andinos. Actualmente vive en Washington, D.C. Actualmente, su trabajo sobre las micoherbicidas está financiado por una beca de la fundación TIDES.

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