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La realidad para mexicanos y mexicanas que cruzan la frontera

Los sueños alientan a miles de mexicanos que trabajan en Estados Unidos


Por Bertha Rodríguez Santos
El Otro Periodismo con la Otra Campaña desde el otro lado

21 de febrero 2006

Poughkeepsie, NY.- La ciudad entera se encuentra cubierta de nieve. Blancas son las casas y negocios, las calles y bosques se han convertido en fascinantes manchas blancas que provocan un frío que cala los huesos. En medio de este crudo invierno, la ausencia de familiares y amigos, y el desamparo que implica la condición de ser indocumentados, miles de mexicanos convierten sus sueños en el recurso principal del que sacan fuerzas para continuar en Estados Unidos a pesar de las adversidades.

Los sueños de construir una casa, poner un negocio o dar estudio a los hijos, animan a miles de inmigrantes mexicanos que trabajan en este país. Los sueños los ayudan a soportar largas jornadas de trabajo a cambio de poco dinero y muchas veces a lidiar con experiencias que han marcado su vida para siempre. Al fin y al cabo, algunos migrantes creen que sus experiencias en este país son como un sueño del que algún día van despertar.

El cruce: rifarse a vida o muerte

Las historias son tantas como el número de indocumentados de todas partes del mundo que viven en este país, que según cifras extraoficiales alcanzan los 12 millones de personas, en su mayoría mexicanos y centroamericanos.

Alberto Cruz Aguirre, de 38 años y originario de la ciudad de Oaxaca, ha venido seis veces al Norte, pero fue la última vez cuando estuvo a punto de perder la vida. El 17 de junio de 2005, después de varios intentos de cruzar la frontera por Tijuana en el transcurso de una semana, él y dos compañeros decidieron separarse del grupo de 20 personas con las que viajaban. Con suerte, encontraron a un guía que ofreció pasarlos al otro lado a cambio de mil 800 dólares.

Luego de caminar en la oscuridad de la noche por una hora, una vez que atravesaron Mexicali y muy cerca de la ciudad de Calexico, se toparon con un canal de aguas negras.

-“¿Saben nadar?”, preguntó el guía.

El asombro dejó helado a don Beto, como lo conocen sus amigos, pues nunca en su vida había cruzado un río a nado.

“No nos quedaba otra que seguir adelante, ya no nos podíamos echar para atrás”, recuerda ahora mientras reflexiona que una vez que uno se encamina hacia Estados Unidos, viene decidido a pasar la frontera o morir en el intento. “Es como cargar una pistola que en cualquier momento se puede disparar”, comenta.

Los cuatro hombres se aventaron al agua. Solo dos de ellos sabían nadar pero todos tenían que avanzar rápidamente en medio del pestilente canal. Al principio, los hombres pasaron por una zona poco profunda pero mientras avanzaban perdían contacto con el fondo. De repente, don Beto sintió que una fuerte corriente lo arrastraba mientras luchaba desesperadamente por salir a flote y tragaba agua sucia. Como en una película que duró breves minutos, vio pasar su vida: creyó ver a su madre, a su esposa, a sus hijos… su vida entera pasaba frente a él. Presintió que iba a morir y se encomendó a la memoria de su madre. Uno de los indocumentados de origen salvadoreño, se percató del incidente y eso permitió que el hombre que los guiaba regresara a rescatarlo, cargándolo en la espalda.

Después de este episodio, don Beto quería regresar a su tierra pues se sentía agüitado, pero sus compañeros le dieron ánimos para continuar la travesía. A don Beto no le quedó otra alternativa que seguir adelante pero con mucha dificultad, ya que durante el recorrido sufrió varios calambres que lo obligaban a detenerse y frecuentemente tenía que ser ayudado por sus acompañantes.

Así continuaron hasta el estado de Nueva York, a donde finalmente llegaron después de cuatro días de viajar escondidos y probar alimentos esporádicamente. “Yo siento que volví a nacer”, dice don Beto, quien comenta que planea visitar a la virgen de Juquila cuando regrese a Oaxaca en dos años.

Su compañero de viaje, Ulises Torres, reconoce que cada vez es más difícil cruzar la frontera. Comenta que antes de esa ocasión ya había intentado cruzar dos veces. Para él, una experiencia anterior a este suceso fue más difícil, pues recuerda que después de tres horas de caminar por un área conocida como Algodones, una vez que atravesaron un cerro, fueron interceptados por dos patrullas del servicio de migración.

Los inmigrantes tenían la esperanza de que después de descender el cerro fueran levantados por los “contactos” de los coyotes para ser trasladados a su destino final. Sin embargo, los indocumentados tuvieron que someterse a los agentes de la “migra”, quienes procedieron a reunir a unas 20 personas que habían capturado en la zona.

Una de las patrullas abandonó el lugar y la operación fue ejecutada únicamente por uno de los agentes. Mientras el oficial se encontraba atareado interrogando a unos hombres, otros aprovecharon para escapar a toda prisa.

Ulises fue uno de ellos. Corrió a todo lo que daban sus piernas hasta que fue vencido por el cansancio y la angustia que provocaba el ruido de las patrullas que peinaban la zona en busca de los fugitivos.

Cuando ya no pudo correr más, se aventó a una zanja donde quedó inmóvil en espera de que los agentes abandonaran el lugar. Durante media hora se mantuvo quieto pero luego llegó un jovencito que también había escapado; probablemente eso condujo a los agentes hasta el lugar. El ruido de las moto patrullas se escuchaba cada vez más cerca; Ulises optó por rezar para que no fuera detenido sin lograr que sus plegarias se hicieran realidad.

Lo primero que vio cuando abrió los ojos, fueron las botas del agente fronterizo quien le ordenó que se levantara. Una vez que se incorporó, Ulises fue fuertemente empujado al suelo, donde recibió varias patadas en el pecho.

“Quiero poner mi bota en tu boca”, le gritaba el agente en un español con acento marcado.

El temor de la víctima aumentó mientras el uniformado le ponía el pie en el cuello. Acto seguido el “migra” cortó cartucho y le puso la pistola en la cabeza. El miedo se apoderó del otro muchacho que se encontraba a escasos metros; pensó que los iban a matar y comenzó a llorar. Ambos fueron esposados por los agentes para ser trasladados a un centro de detención de Phoenix, Arizona, y posteriormente fueron deportados a sus lugares de origen.

Agresiones como esta parecen ser algo cotidiano en la frontera.

Originario de Juan Díaz Covarrubias, en el estado de Veracruz, César Gutiérrez es una de las pocas personas a las que se ve sonreír todo el tiempo a pesar de las dificultades que enfrenta. Durante el receso que toman los trabajadores de una empacadora de sopas, César cuenta a sus compañeros lo difícil que estuvo la “pasada”.

Mientras come una torta de pollo, Gutiérrez recuerda que fue agredido por uno de los agentes de la migra cuando atravesaba el desierto de Arizona.

De complexión fuerte, César tiene la piel oscura y rizado el cabello. Su rostro deja de sonreír un instante mientras habla del momento en que fue agresivamente empujado por el agente migratorio.

Eran la nueve de la noche en medio del desierto. Todos iban calladitos para no llamar la atención de la “migra” que vigila la zona fronteriza las 24 horas. De pronto, los indocumentados se dieron cuenta que todo el esfuerzo por pasar la zona de peligro sin ser advertidos se venía abajo al ser alcanzados por los patrulleros.

Un intenso ardor en la cara fue la sensación que tuvo César al caer bocabajo sobre la tierra arenosa del desierto. Enseguida sintió un dolor seco y fugaz en la espalda a causa de las patadas que el agente le propinaba al tiempo que le gritaba, insultándolo. El grupo de diez personas fue trasladado al centro de detención localizado en el lado mexicano al que llegaron hasta la madrugada, sorprendidos por una fría lluvia.

Entre los detenidos se encontraban hombres, mujeres y niños. El cansancio, el hambre y el mal olor a causa de permanecer semanas enteras sin bañarse, los llevaba a experimentar sentimientos de desesperación e impotencia que a más de uno hicieron llorar en silencio.

En otra ocasión en que Ulises Benítez cruzó el desierto junto a un grupo de oaxaqueños, los indocumentados pasaron frente al cadáver de dos hombres. Uno de ellos se encontraba recargado en un árbol. La posición en la que fue encontrado era como si hubiera estado rezando; tenía los ojos desprendidos y su cuerpo comenzaba a mostrar signos de descomposición. El otro se encontraba tirado a unos cuantos metros.

“Nuestra intención no es molestarlos. Ustedes saben que nosotros tenemos que seguir adelante”, dijo el guía dirigiéndose a los cadáveres como si sintiera pena y fuera escuchado por los cuerpos sin vida.

Jorge Abarca, de 36 años y originario de Puebla, platica su experiencia en el cruce: “Yo venía con un grupo de 40 personas, de ellos, la mitad eran mujeres. Teníamos que caminar rápido y era de noche”. Agrega que después de cruzar la línea fronteriza, dos coyotes armados se dirigieron al grupo, comenzaron a juntar a todos y les ordenaron que entregaran los objetos de valor amenazándolos con matarlos si comprobaban que alguno de ellos no había entregado el dinero que llevaba.

Todos fueron despojados de sus pertenencias a excepción de Jorge, quien metió sus billetes en un galón de agua. Después del asalto, Jorge y sus compañeros vivieron más dificultades durante el mes que duró la travesía hasta llegar a Poughkeepsie, donde ha trabajado durante cuatro años y donde sigue “echándole ganas para regresar pronto a México”.

Javier López tenía apenas 11 años de edad cuando tuvo que cruzar la frontera. Su gran anhelo era vivir con su madre Graciela Pérez de quien se había separado cuatro años atrás cuando ella dejó Atlixco, Puebla, en busca de empleo. Chela le habló de los peligros que enfrentarían al venir a Estados Unidos; para empezar, le dijo que sería un viaje muy largo y cansado pues su destino final sería otra pequeña ciudad del estado de Nueva York.

El 28 de noviembre del 2004, al caer la noche, un grupo de 18 personas, entre ellos hombres, mujeres y niños que se encontraron en el desierto de Sonora, se prepararon para cruzar la frontera. Después de siete horas de un camino lleno de huizaches y cactus, los pies de Javier se encontraban hinchados y adoloridos a causa de tantas espinas que se le clavaron.

Preocupada por sus pequeños hijos -con ellos también iba Gustavo, de apenas 7 años-, Chela dudó que pudieran seguir adelante.

En la obscura noche, los aullidos de los coyotes los mantenían despiertos. De hecho, esto sirvió para que Gustavo cansado de caminar, no cayera presa del sueño “Si te duermes, los coyotes te van a comer”, le decía su madre tratando de mantenerlo alerta.

Además, los guías les advirtieron que no hicieran ruido porque la migra y los coyotes podrían venir por ellos. También debían evitar tropezarse con alguna víbora cascabel, por lo que la caminata se convertía en una verdadera hazaña en la que por momentos tenían que caminar despacio y por ratos correr en estampida para evitar la atención de la “migra”.

Después de estar escondidos en una casa de seguridad durante una semana, la familia entera fue llevada a su destino final, donde actualmente radican, siempre con la idea de regresar a su tierra.

Las experiencias de quienes atraviesan el desierto y las montañas son terribles. Invariablemente hay asaltos, violaciones, ataques de perros entrenados para matar y hasta muertes causadas por las inclemencias del tiempo, pero ni siquiera estos riesgos detienen el éxodo humano.

A pesar del dolor y el riesgo de morir al cruzar la frontera, miles de migrantes se encuentran a la espera del momento oportuno para brincar la barda que separa a los dos países. La espera puede ser de días, semanas y hasta meses.

Esta situación se recrudece con las diferentes propuestas de ley del gobierno norteamericano.

La reforma a la ley de migración propuesta por el senador republicano Chuck Hagel busca criminalizar, encarcelar y deportar a los inmigrantes indocumentados.

Otra de las vertientes de esta iniciativa de ley es construir una gran muralla a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos y/o militarizar la frontera.

Un segundo proyecto de ley convierte al Departamento del Trabajo y a la Administración del Seguro Social en organismos policíacos con facultades para poder arrestar y deportar a las personas que no tengan permiso para trabajar en este país.

Otra de las propuestas es poner en marcha un programa de permiso temporal parecido al que existió en los años 40’s, conocido como Programa Bracero, el cual permitiría el reclutamiento de mano de obra barata por un periodo corto de tiempo, sobre todo en época de cosechas y temporadas de producción alta.

Soledad y abusos: el sueño americano de los indocumentados

Para don Beto, quien estuvo a punto de morir después de cruzar la frontera, el cambio que sufre un migrante al vivir en Estados Unidos es drástico. Aquí se enfrenta soledad a causa de estar lejos de la familia, sobretodo, dice, se extraña a los hijos. Además, piensa que las condiciones que uno padece en este país son muy duras. Desde que llego a Poughkeepsie, don Beto ha trabajado en restaurantes como lavaplatos y ayudante de cocinero. En su experiencia, aquí se sufre el maltrato de los patrones, quienes la mayoría de las veces son tipos “gritones que quieren todo rápido y bien hecho”. Por algo, al hablar de cada patrón los trabajadores se refieren a “el perro”.

Y es que no solamente en los restaurantes el ritmo de trabajo es sumamente rápido, en la mayoría de las fábricas o empacadoras se exige terminar el producto en pocos minutos y a veces segundos (en algunos restaurantes de comida rápida piden a los empleados terminar un sándwich en 15 segundos). Esta situación genera un enorme espíritu de competencia entre los empleados, quienes luchan por destacar como los más eficientes, los más inteligentes y rápidos con tal de quedar bien con los patrones, que la mayoría de las veces no reconocen este esfuerzo con un aumento de sueldo, sino únicamente con un “gracias” si corren con suerte.

A ojos de los recién llegados estos trabajadores aparecen como súper hombres y súper mujeres capaces de desempeñar las tareas más difíciles pero con el tiempo descubren que aparte de estas innegables cualidades hay una gran dosis de maña.

Y es que solamente quienes ya han tenido una experiencia previa como migrantes en este país saben que los trabajos aquí no consisten en “barrer dólares”, como comúnmente se piensa. La mayoría de los empleos para los indocumentados consiste en limpiar casas, edificios, hoteles, escuelas, etc. En la industria restaurantera los indocumentados se desempeñan como lavaplatos, busboys, cocineros o meseros; también se llegan a colocar en fábricas, en la industria de la construcción, como jardineros y otros empleos temporales, dependiendo de la época del año y la región del país (en cosechas de hortalizas y empacadoras de diferentes productos).

Aparte de desempeñar los trabajos más pesados y durante jornadas a veces mayores a las 8 horas, un indocumentado sufre hambre, soledad, discriminación racial y en el caso de las mujeres hasta el acoso sexual por parte de los patrones.

Cesar Gutiérrez lamenta el alto costo de la vida que enfrentan los indocumentados. Dice que inicialmente llegó a Long Island, Nueva York, donde hay muchas “factorías” (fábricas) pero en promedio sólo se gana seis dólares la hora y la renta de un estudio alcanza los mil 200 dólares al mes. Por este motivo, Gutiérrez decidió mudarse a Poughkeepsie donde es posible encontrar mejores salarios y rentas más bajas.

Además, la inversión que se hace para llegar a este país también es muy alta. En promedio, los coyotes cobran 3 mil dólares por persona. En el caso de Judith Reyes y su esposo, tuvieron que pagar 9 mil dólares por cruzar, además de ellos, a su pequeño hijo. La familia espera regresar a su natal Anenecuilco, Morelos, en unos meses luego de trabajar sin descanso durante cuatro años.

Dificultades entre paisanos

Todas estas experiencias tornan a los inmigrantes en seres emocionalmente vulnerables, evidentemente afectados por sus condiciones de vida. Algunos tratan de hacer menos ingrata su existencia divirtiéndose en los centros nocturnos, otros se refugian en el alcohol o las drogas.

En fin, los inmigrantes se encuentran expuestos a situaciones límite que de la misma forma en que los pueden afectar, los ayudan a apreciar lo positivo que les sucede, pues en estas circunstancias las virtudes y defectos del ser humano se encuentran a flor de piel. No es raro enterarse de amistades truncadas entre paisanos por causa de “envidias” generadas en la competencia por conservar un empleo o conseguir un mejor pago.

En los centros de trabajo es frecuente encontrar grupitos de personas unidas por lazos familiares, de amistad o por pertenecer al mismo pueblo. Estos grupos hostigan a los trabajadores nuevos en busca de provecho personal y reconocimiento a su ego, lo cual muchas veces termina en confrontaciones violentas, en las que incluso llega a intervenir la policía.

Sin embargo, también se llega a vivir expresiones de solidaridad y reconocimiento mutuo, como si la condición de migrantes los hermanara.

Los chimpas invaden Poughkeepsie

Poughkeepsie es una pequeña ciudad por la que atraviesa el río Hudson, en la zona conocida como Upstate New York, al norte de la Gran Manzana. Los migrantes mexicanos consideran que este es un mejor lugar para encontrar trabajo, en comparación con la ciudad de Nueva York, que se encuentra a hora y media de distancia.

Dicho factor da pie a que este pueblo se haya convertido en el destino predilecto de oriundos de varios estados de la Republica Mexicana, pero sobre todo de los estados de Oaxaca, Puebla y Veracruz. Siete años atrás era raro ver tantos inmigrantes mexicanos en las calles de Poughkeepsie, sin embargo, ahora su presencia es tan evidente que cada vez más aparecen nuevos comercios de comida y productos mexicanos.

Desde que comenzó a aumentar la presencia de paisanos en esta zona, los indocumentados comenzaron a identificarse entre sí como chimpas en un tono un tanto en broma, pero con un tinte de complejo de inferioridad al referirse así mismos como chimpancés, “por chaparros y feos”.

A pesar de encontrarse a miles de kilómetros de distancia de sus pueblos y comunidades, y a través de las empresas de envíos –que cobran altas tarifas por sus servicios- los oaxaqueños pueden disfrutar de todos los productos que han sido parte de su dieta: chapulines (grillos), tlayudas, quesillo, mole y pan de yema, entre otros.

Como quiera que sea, hay quienes creen que los riesgos de vivir en este país “valen la pena si le echas ganas y te dedicas a trabajar”, pero hay a quienes les cuesta más trabajo asimilar su experiencia. Frente a un televisor que proyecta una telenovela mexicana, don Beto comenta, al referirse a todo lo que ha vivido: “este es un sueño”.

Un amigo le contó que cuando regresó a Oaxaca se quedó dormido en un sofá, al igual que lo hacía en el gabacho. Cuando amaneció y vio que era tarde para ir al trabajo, se enfureció consigo mismo pues sintió llegaría tarde al trabajo. Su madre le dijo: “ya estás en tu casa”. Frotándose los ojos, el muchacho pensó que eso de la mala vida en el Norte había sido un sueño del que acababa de despertar.

* Nota: Esta nota fue preparada semanas antes de que Bertha Rodríguez Santos se uniera al Otro Periodismo en el estado mexicano de Tlaxcala.

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