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La mujer que se atrevió a erguirse en la frontera

Esther Chávez Cano dejó este mundo el día de navidad, pero el eco de su voz continúa escuchándose en los barrios y barrios de Juárez


Por Molly Molloy
Conmemorativo

12 de enero 2010


Aún tenemos mucho trabajo por hacer, el camino es largo y difícil. Llegará
un momento en que mi voz se apague para que nuevas voces se puedan escuchar
en la lucha por los derechos de la mujeres, la cuál, como ya he dicho, es también la lucha por los derechos del hombre, ya que, es la lucha por una sociedad más justa y democrática para todos.

Esther Chávez Cano, 1933-2009

Esther Chávez siempre impresionaba cuando se levantaba—pequeña, llena de gracia, modesta, bella, fuerte… y llena de ira por la situación en su ciudad. El año pasado en una noche fría de Santa Fe, y llevando un vestido negro elegante, un chal dorado de cashmir y unos tacones altos de piel roja que habíamos encontrado en una tienda cercana a la plaza esa mañana para aquella ocasión, la convicción de Esther relucía ante la audiencia mientras era reconocida por su trabajo por las mujeres y por otras víctimas de la violencia en Ciudad Juárez.

En los pasados dos años, Juárez se convirtió en la ciudad más violenta del mundo. Su tasa de asesinatos es tres veces más alta que la de Bagdad—más de 177 asesinatos por cada 100,000 habitantes. Desde enero de 2008 más de 4280 personas han sido asesinadas en esta ciudad de 1.5 millones de personas y situada en la frontera México-EEUU. ¿Qué es lo que uno puede hacer frente a tanto horror?


Esther Chávez Cano
Foto por Molly Molloy – D.R. 2009
En este programa en Santa Fe en noviembre de 2008, patrocinado por la Fundación Lannan, el escritor Charles Bowden respondió una pregunta pidiendo a Esther que se levantara y diciéndole a la audiencia: “Esther dirige Casa Amiga, un refugio en Juárez que el año pasado ayudó a más de 27 mil mujeres y niños. Si ella puede hacer eso por las víctimas de la violencia, debe haber algo que el resto de nosotros podamos hacer si decidimos levantarnos y hacerlo.”

Esther era una mujer muy bella y le encantaba ser mujer y ser bella. Durante uno de sus muchos encuentros con la quimioterapia, ella y su cuidadora, Paulita [ 1], tuvieron que hacer una parada rápida en el supermercado, pero Esther había olvidado el pañuelo para su cabeza en casa. Mientras esperaban en la fila del supermercado, Esther escuchó que una niña le preguntaba a su madre “¿Que le pasa a esa anciana calva…?” Esther reía y movía sus manos cuando me contó lo que dijo en el momento: “¡Ay que horror! Puedo ser calva, pero te aseguro que no soy VIEJA!”

La última vez que la vi fue diez días antes de su muerte, en una presentación de su autobiografía que se publicaría en marzo de 2010. Ese día llegó en una silla de ruedas, en un vestido negro, con joyas rojo granate que relucían en su garganta y el mismo viejo chal dorado que descansaba en sus delgados hombros. Su voz física era prácticamente un suspiro, pero su alegría por la vida se escuchaba claramente a través de su dolor.

La voz y las acciones de Esther siempre sobrepasaron su cuerpo y fuerza física, incluso antes de que su batalla contra el cáncer comenzara en 2005 y terminará en la navidad del 2009 en su hogar en Juárez rodeada por su familia. Una fotografía de una mujer con rostro muy serio colgaba en la pared de su cuarto. Alguna vez pregunté si esa mujer era la madre de Esther. Por supuesto que no era. Su madre había muerto en 1961 luego de años de enfermedades provocadas por una depresión severa. Su padre había muerto a la edad de 42, cuando Esther era demasiado joven como para recordarlo, así que los ocho hermanos y hermanas habían sido criados como huérfanos. La mujer de la fotografía era su tía. Pregunté que edad tenía cuando murió. Paula y Esther consultaron entre sí y respondieron que murió entre los 101 o 102 años. En ese momento, a pesar del cáncer, sentí que podía ser posible que Esther viviera para siempre, y que incluso si así fuera, sabía que nunca podría ser una mujer vieja.

Escuché por primera vez del trabajo de Esther Chávez Cano a finales de los 90, para aquellos tiempos ella ya había trabajado por cerca de una década documentando los cambios en Ciudad Juárez, muchos de los cuales se empezaban a notar en los periódicos mexicanos con noticias de mujeres y niñas desaparecidas o encontradas muertas en los lotes baldíos de una ciudad en el desierto con mucho miedo y con fábricas de la era neoliberal. Fue a finales de la década del TLCAN cuando esos acontecimientos comenzaron a aparecer en la prensa de lengua inglesa, e incluso cuando el número de muertas crecía, aquellos en el poder buscaban reducir la importancia, o incluso la realidad, de las muertes de mujeres y hombres en la región fronteriza.

Al igual que con otros reformistas sociales y culturales, el trabajo de Esther ha sido más reconocido fuera de México que dentro él. Ella se enfrentó a líderes nacionales, locales y estatales, para demandar atención ante la violencia contra las mujeres y niños y a las condiciones que permitieron el surgimiento de la violencia. Su trabajo, y las acusaciones que surgieron en su contra, no solo de los poderosos de la ciudad, sino también de algunas de las familias de la víctimas y de organizaciones rivales pro derechos de mujeres, han sido bien documentadas, principalmente por Esther misma.

Desde la década de 1990, Esther mantuvo un archivo de recortes de prensa sobre los asesinatos de mujeres jóvenes en la ciudad y con los años ella creó una lista de las víctimas, sus características y las circunstancias que rodearon su muerte. Esta lista ha sido usada con distintos fines por académicos, periodistas y grupos de activistas, sin embargo, los datos que Esther compiló algunas veces entraron en conflicto con el discurso de los “feminicidios en Juárez” que ha sido popular en las noticias y en los pocos libros y películas de Hollywood.

En 2007, Esther donó su documentación a los archivos de la Universidad del Estado de Nuevo México, para que la riqueza de esta información estuviera bien preservada. Esther continúo recopilando recortes de prensa durante el último año de su vida y cada vez que la visitaba me daba nuevo material para el archivo. En febrero de 2008, cuando los asesinatos en Juárez ya parecían estar fuera de control—más de 45 en un mes—le mencioné que estaba tratando de hacer una lista de todos los asesinatos. Esther aplaudió el esfuerzo, a pesar de que el tiempo pasó, ambas nos dimos cuenta de que esta tarea era imposible. Desde principios de la década de 1990 hasta 2007, la tasa anual de asesinatos en Juárez se mantuvo entre 250 y 300, y de ese total, alrededor del 10 o 12 por ciento eran mujeres. En 2008, la cifra de asesinatos fue de 1,623. Al escribir esto, el 31 de diciembre de 2009, el número se acerca a los 2,660—163 mujeres—6 por ciento del total y por mucho el número más grande mujeres—y de hombres—asesinados en la historia de la ciudad.

Esther documentó que la inmensa mayoría de las mujeres asesinadas en su lista fueron víctimas de la violencia doméstica y le imprimió ese conocimiento en su obra maestra—Casa Amiga Centro de Crisis. Cuando Casa Amiga abrió en 1999 fue el primer y único centro de crisis por violación que sirvió a las mujeres en la región fronteriza. Desde entonces, se ha convertido en un modelo para centros en muchas otras áreas de México, sin embargo, la necesidad aún supera los servicios que estos lugares pueden ofrecer. Ciudad Juárez había prometido por años el financiamiento de una segunda Casa Amiga en la zona pobre del oeste de la ciudad. Hace algunos años, el alcalde habló de un plan de tierras propiedad de la ciudad que serían destinadas para ese fin. Esther se subió a su carro y se dirgió hasta el lugar, pero al llegar encontró que la tierra estaba ocupada por numerosas casas de madera habitadas familias pobres.

En México no es fácil tener una organización no gubernamental, especialmente una que resalta el fracaso del gobierno en proteger a los ciudadanos. Hace diez años el gobierno local y las entidades empresariales trataron de impedir la creación de Casa Amiga, temiendo que un enfoque público en la violencia que sufren las mujeres podría desalentar el desarrollo industrial de la ciudad, el cual se basó en el trabajo de miles de mujeres jóvenes de las maquiladoras. Esther fue criticada en los medios y acusada de tratar de enriquecerse mediante la recaudación de dinero basada en la divulgación de las muertes de las mujeres jovenes. Lo que Esther realmente consiguió por hablar sobre esto fueron ataques a su persona y amenazas de muerte.

Pero Esther continuo con su trabajo e hizo de Casa Amiga una realidad. Así como Esther dijo en su discurso en la Ciudad de México el 12 de diciembre de 2008, luego de recibir el Premio Nacional de Derechos Humanos de manos del presidente Felipe Calderón: “los eventos de extrema brutalidad definen la vida cotidiana de mi ciudad.” Pero Esther no solo “dijo la verdad sobre el poder”. Desde que Casa Amiga abrió en febrero de 1999, más de 400,000 mujeres, niños y hombres han recibido terapia o ha participado en clases de prevención de la violencia, siempre de forma gratuita.

Después de una visita de Esther durante el último año de su vida, me pregunté si el cáncer era la forma en que su cuerpo internalizaba su profunda conciencia de la crueldad de la ciudad en que nació y en la que parecía estar perdiendo el control ante una brutalidad que ni siquiera ella pudo imaginar. Una sociedad que trata a las mujeres con tanto desprecio destruyó a familias y dejó a los niños en las calles en donde se “acostumbraron” a la vida corta y brutal del crímen.

Por más de quince años Esther escribió columnas en los periódicos en las que describía la descomposición social, y dónde predijo el horror que se vive hoy día en las calles de Juárez. En un discurso que conmemoraba la muerte de Hester Van Nierop, una mujer holandesa asesinada en Juárez en 1998, Esther dijo: “El noventa por ciento de las víctimas y de sus asesinos también viven en condiciones donde hay una carencia de ingredientes básicos para la vida humana. Ellos no están enfermos, no son monstruos, sino seres humanos comúnes. Su violencia se aprende y se vive día a día y minuto a minuto, en sus hogares, en sus escuelas, en sus lugares de trabajo y en las calles. Ellos no conocen otras formas de comunicación.”

Y al mismo tiempo, la belleza de su rostro, de su carácter y su obra expresaba la fuerza y resistencia frente al cáncer en su cuerpo y frente a los males sociales de su ciudad los cuales observaba y señalaba tan astutamente a los líderes del gobierno y empresariales que tenían el poder para cambiar las cosas: un “Retrato de Dorian Grey” sociológico.

La columnista Lydia Cacho escribió el 25 de diciembre de 2009: “No sé si fue el cáncer, o el dolor y el miedo acumulados, no sé si fue la angustia de ver su terruño tomado por soldados y narcotraficantes y bañado de sangre; no sé si fue saber que ella le dio la vuelta al mundo para pedir ayuda y nos advirtió hace 15 años que un país que ignora el asesinato selectivo de sus niñas y mujeres luego verá la muerte sistemática de sus hombres y niños. No lo sé.”

Pero Esther lo sabía. Recuerdo una visita en abril de 2008. En la primera plana del periódico había una historia de un capitán de la policía municipal de Juárez que había sido asesinado dentro de su camioneta frente a su casa. Se hicieron más de 200 disparos de armas de alto poder a la camioneta matando al capitán instantáneamente. Su hijo de 8 años estaba en el asiento de pasajero de la camioneta. Las balas perforaron la cabeza y el cuerpo del niño, destruyendo su brazo y muriendo en camino al hospital. Al día siguiente los vecinos entrevistados dijeron: “No sabemos si el padre era malo y merecía morir así, pero no había razón para matar al niño… era una víctima inocente.”

Este sentimiento es común en Juárez y no es nada nuevo. Durante los años en que Esther registraba los asesinatos de mujeres fue el mismo razonamiento de la policía, de los fiscales, y de muchos en la opinión pública. “Si fueron asesinados debieron ser malos. Debieron de haberlo merecido.” Estas fueron las palabras de lucha para Esther. Ese día mencione el asesinato del capitán de la policía y de su hijo e hice un comentario sin cuidado, el cual hacia eco de la observación de los vecinos: “Bueno, tal vez el capitán estaba metido en algo malo Esther… Tal vez había una razón…?”

Esther pudo vivir para ver una decisión de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en contra del gobierno mexicano por irregularidades en las investigaciones de tres mujeres halladas muertas en 2001. La Corte ordenó a México pagar una compensación a las familias y resolver los casos—una decisión irónica considerando que desde enero de 2008 más de 4,200 personas han sido asesinadas en Juárez, de ese número en menos de un uno por ciento se han iniciado procesos judiciales que puedan llevar a la condena de los culpables.

Esther estimó que la actual carnicería de la “guerra contra las drogas” había creado al menos 10,000 huérfanos: “¿Qué será de los niños que se han quedado sin padre si no se hace nada? Dentro de unos años serán los asesinos brutales que cortan cabezas o cuelgan cadáveres en las avenidas.”

Esther Chávez vivió su vida como feminista, y hace veinte años los ultrajes contra las mujeres en Juárez motivaron sus acciones. Pero cuando murió en la navidad, Esther continuó de pie, luchando por los derechos humanos de todos nosotros—mujeres, niños y hombres.

Fuentes:

[1] Paula Villareal Arellando vivió con Esther por más de 26 años, inicialmente para cuidar a la anciana tía de Esther y después para cuidar a Esther hasta el final de sus días. Paula colaboró también en el trabajo activista de Esther como miembro original del grupo Ocho de Marzo. Paula ayudó a buscar y documentar los casos en los periódicos y ayudó también a organizar los documentos y archivar la base de datos de las mujeres asesinadas en Juárez desde la década de 1990.


Traducción del inglés por Fernando León

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