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El día que Mario Menéndez regrese a Colombia

Una historia de 1966 hecho público en 2010 por la primera vez


Por el Grupo de Trabajo de Periodismo En Línea
Escuela de Periodismo Auténtico de 2010

22 de febrero 2010


Durante una entrevista de cuatro horas para la Escuela de Periodismo Auténtico, el veterano periodista Mario Menéndez Rodríguez reveló por primera vez en público los detalles de su detención y su sentencia de muerte en Colombia en 1966.
D.R. 2010 Noah Friedman-Rudovsky
“¡Vístase!”, le gritó un soldado luego de una larga noche en un calabozo en Bogotá. La noche anterior un tribunal militar le había dado sentencia en uno de los miles de juicios sumarios que por aquel entonces se hacían secretamente en Colombia: iba a morir al amanecer, luego de que el juez vestido de verde oliva golpeó la mesa del tribunal con furia. Eran los tiempos del estado de sitio y el Frente Nacional, la alternancia en el poder de los dos partidos tradicionales de la elite criolla, apenas llevaba nueve años creando una democracia de fachada en el país y enfrentando el resurgir de la guerra civil que se pensaba acallada.

Mario, uno de los grandes periodistas latinoamericanos del siglo XX y el primer mexicano en entrevistar a Fidel Castro luego del triunfo de la revolución cubana, había viajado por casi toda América Latina cubriendo el acontecer de los estallidos armados y los movimientos guerrilleros. A Colombia lo había llevado una especie de curiosidad que, como él mismo acepta al relatar su estadía en ese país, era una extraña mezcla entre lo místico religioso y su formación marxista autodidacta: buscaba contactar al Ejército de Liberación Nacional y conocer de cerca cómo había sido la muerte de Camilo Torres Restrepo, el cura que al tomar la opción por los pobres se convirtió en sociólogo, líder de las luchas sociales, fundador del Frente Unido del Pueblo y, en su último periodo, un guerrillero que murió en el departamento de Santander al no poder seguir resistiendo el acoso de sus enemigos en la ciudad.

Los amigos cubanos de don Mario lo habían guiado hasta el ELN, ellos le dieron los contactos para que pudiera realizar las entrevistas necesarias y registrar las operaciones de la organización insurgente con la que el cura Camilo vivió sus últimos días hasta su ejecución en indefensión por parte del Ejército en febrero del año 1966, apenas un año antes de que este destacado periodista visitara el sufrido país andino. Caminó los senderos de la guerra durante días, aguerrido pero asustado, como él mismo acepta sonriendo en la conferencia que ofreció a los estudiantes de la Escuela de Periodismo Auténtico en Yucatán (Mérida) cuarenta y tres años después.


Mario Menéndez saluda a su vieja amiga de Nueva York Johanna Lawrenson, quien en los años 70 con su difunto esposo, Abbie Hoffman, vivió siete años como fugitiva en México.
D.R. 2010 Noah Friedman-Rudovsky
Su turbación es notoria cuando relata que fue capturado pocos días después de lograr visitar los campamentos de la guerrilla y volver a su hotel: los militares lo culpaban de haber supuestamente comandado una emboscada del ELN y lo estaban buscando. Intentó refugiarse en la embajada de México en Colombia, pues el plenipotenciario de la época era amigo de su padre y de seguro le apoyaría en momentos de persecución, con tan mala suerte que los militares, valiéndose del estado de excepción, decidieron derribar horas después las rejas de la misión diplomática, patear al embajador y llevárselo a él a un cuartel, donde podía esperarle la peor de las suertes.

Con su guayabera, su pantalón perfectamente planchado y sus zapatos a la usanza yucateca, todos tan blancos como su nívea cabellera, don Mario relata que el tribunal militar no le permitió ver a un abogado y el uniformado que presidía la amañada audiencia se limitó a leerle los cargos y a preguntarle qué tenía que decir. “Nada”, dice don Mario que respondió esa tarde, pero al escuchar la sentencia no quiso guardar más silencio y le preguntó al juez, señalando el enorme crucifijo que había a sus espaldas: “¿y es que ese señor que está ahí fue quien les dijo a uds. que me hicieran esto?”

El colérico golpe que el uniformado que fungía como juez dio sobre la mesa firmó la sentencia. El resto era esperar por el fusilamiento.

Eran sus últimos pasos, estaba seguro, pero había dormido tranquilo porque consideraba que ya había hecho en este mundo lo que tenía que hacer como periodista y como hombre comprometido con la vida y el cambio social. Sus últimos pasos lo llevaron por un camino de amargura del que pocos salieron vivos en esos aciagos años: según parece, don Mario estaba detenido y posiblemente iba a ser desaparecido y ejecutado, como muchos otros siguen siéndolo secretamente en Colombia hasta hoy.

Antes de terminar su recorrido final, el colérico hombre vestido de verde y que se hacía llamar juez le detuvo por el camino. “Tiene ud. amigos muy poderosos, ¡váyase! Pero, si vuelve a Colombia lo fusilamos o lo encerramos de por vida”, le dijo. La denuncia de un embajador vejado por una fuerza militar que irrespetó y sigue irrespetando las leyes internacionales, y la presión de varios gobiernos había anulado la condena ilegítima y había permitido a don Mario seguir respirando, afilando sus lápices y preparando una infinidad de reportajes que verían la luz en la revista “¿Por qué?” y, luego de la destrucción a manos del terror de Estado mexicano de este medio, en el diario Por esto! de Yucatán, que sigue dirigiendo hasta el día de hoy.


Más de 60 estudiantes y profesores de la Escuela de Periodismo Auténtico escucharon atentamente la entrevista de cuatro horas con el periodista Mario Menéndez el 5 de febrero en una bodega dentro de las instalaciones del diario Por Esto! en Mérida, Yucatán.
D.R. 2010 Noah Friedman-Rudovsky
Sin embargo, la pena de muerte no existe en Colombia desde 1910. El relato de de don Mario, a sus más de 80 años, ofrecido a los asistentes a su conferencia en las instalaciones de “Por esto!” en la ciudad de Mérida dejaba en el ambiente muchas preguntas sin responder: si don Mario estaba en lo cierto, y no estaba modificando información fundamental de su traumática historia, su caso se convertiría en un crimen de Estado no reportado, que se uniría a las decenas de miles sin investigar o juzgar en el país andino, puesto que estos tribunales clandestinos en efecto existieron y se han podido recabar algunos testimonios que documentan este tipo de conducta de parte de los militares en los años posteriores, a pesar de lo dispersa que se encuentra la información sobre estos delitos de los uniformados durante el estado de sitio, que corroborarían el testimonio de este valiente reportero.

Confiando en don Mario y en su enorme amor por la humanidad, su historia merece credibilidad, dado que toda su experiencia tiene un enorme prestigio entre los periodistas del continente. Si se toma esto en cuenta, es hora de que se haga justicia y se castigue a los culpables de este crimen de Estado, es hora de que Mario Menéndez viaje a Colombia, a enseñar periodismo auténtico a las nuevas generaciones.

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