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La vida dentro de la canción de la historia con Pete Seeger

La búsqueda de "otra canción de la victoria" lo llevó a cambiar el mundo... mucho


Por Al Giordano
Especial para The Narco News Bulletin

19 de febrero 2014

Se dice que cuando uno muere, toda tu vida pasa delante de tus ojos.

Para mucha gente también pasó cuando Pete Seeger falleció el mes pasado.

Casi todo el mundo que conozco tiene una historia tan convincente de Pete Seeger como cualquiera que pudiera contar. El tipo hacía intercambios tan significativos como si fueran dulces. Así es como vivió.


Foto © 1983 por Leslie Desmond.

Confieso que no siempre amé a Pete, y fui escéptico acerca de él hasta que lo pude ver y escuchar de cerca. Su música me era impuesta a mi y a otros jóvenesde mi edad cuando éramos niños. “¡Ve a la iglesia el domingo, come tus verduras, lávate atrás de las orejas, y escucha a Pete Seeger porque es bueno para ti!” Sus canciones más populares eran para niños o las que al ser un adolescente emergente a los diecisiete consideraba canciones “ligeras” con frases hippies que ya no estaban de moda, como “paz”, o “libertad”. Algunas habían sido popularizadas por grupos más empalagosos (no necesitamos mencionarlas, todo el mundo sabe cuáles son).

Pensaba que Seeger era solamente un hippie de los sesenta con una barba larga. Los hippies eran una baratija entonces. Como los policías y militares a los que decían odiar, tendían a ponerse la misma ropa y el mismo peinado entre sí. Ya eran noticia vieja. Al igual que muchos de mi generación más joven, estaba en la búsqueda de algo más original y auténtico.

Esa era la imagen mediática de Pete, el veterano cantante de folk con un banjo, despojado de su historia radical. Toda la población de los años setenta parecía estar sufriendo una reseca y nadie quería hablar de lo que había sucedido la noche anterior. Toda la sociedad tenía vergüenza. El padre de mi amigo de la escuela Philip Shelley, que era actor, había estado en la lista negra durante décadas por la pesadilla de persecución de comunistas y supuestos simpatizantes. Esas historias se escuchaban bajito, pero no se hablaban de forma significativa. Aun había mucho miedo (y muchos ataques al comunismo) pero aprendí, a través de Pete, y otros, que lo que había precedido era un infierno mucho peor, una plaga sobre la tierra.

La música de Pete Seeger llegaría a convertirse -como el alcohol y los cigarrillos- en un gusto adquirido. (Pete, que no le gustaba beber , ni fumar, probablemente lo encontraría gracioso .) A la edad de 17, alrededor de un mes después de haber sido arrestado junto a otras 1400 personas por acampar en el sitio de construcción de la planta nuclear de Seabrook en New Hampshire, escuché que muchos de los compañeros con los que había vivido esa historia se dirigían a Amherst, Massachusetts, para algo llamado “La feria hacia el mañana”, una convención y festival dedicado a las fuentes de energía alternativa y donde algunos pensadores -desde Buckminster Fuller a Hellen Caldicot a Murray Bookchin- presentarían sus ideas. También habría un concierto de Seeger en el Centro de Bellas Artes de la Universidad de Massachussets con sus dos mil asientos.

A primera vista, Pete parecía más viejo que sus 58 años, ya era una eminencia gris. Entre cada canción que cantaba, contaba historias. Mientras presentaba “Wasn’t That A Time” como la canción que trató de tocar en los pasillos del Congreso en 1955 cuando fue citado por el Comité de Actividades Antiamericanas (HUAC, por sus siglas en inglés), miré a Connie Hogarth -quien nos había traído a nosotros los jóvenes de Nueva York a Massachusetts en su furgoneta- casi con incredulidad. Ella me explicó que Pete había estado en la “lista negra” por rehusarse a nombrar a supuestos comunistas cercanos en la audiencia, y que su música había sido prohibida en la radio y en la TV de los EEUU en los siguientes años. Probablemente ese fue el momento en que me sentí como un idiota al pensar que Seeger era sólo un hippie. Bajé mi guarida, y empecé a cantar sus canciones.

Otras historias que contaba, durante y entre las canciones, revelaban partes de su largo camino: cantando con Woody Guthrie y otros para organizar sindicatos y huelgas en los treintas, alistarse en las Fuerzas Armadas para detener a Hitler en los cuarenta (él y su grupo llamado The Weavers tuvieron una canción exitosa durante la Segunda Guerra Mundial, titulada “Alrededor de la tumba de Hitler”, que preveía el ahorcamiento público del déspota), unido con negros y blancos en las luchas contra la segregación en el sur de los EEUU en los cincuenta. Aprendí de Pete que fue el capitán de un barco esclavista quien escribió la canción “Amazing Grace” -la que yo consideraba una canción cursi de iglesia -cuando en un arranque de conciencia le había dado vuelta al barco para regresar a los capturados a África.

Incluso algunas canciones que había considerado “ligeras”, o cursis o empalagosas, como cosas de niños, después de investigar algo resultó que esas eran las canciones durante sus años en la lista negra (entre 1955 con la supuesta obstrucción al trabajo del Congreso y la apelación judicial que revirtió eso en 1962, y luego otros cinco años más antes de que lo dejaran volver aparecer en la televisión), en las que las letras aparentemente inocentes de hecho estaban en “código” con mensajes subversivos. “Follow the Drinking Gourd,” un gospel espiritual, no estaba sacada de la Biblia, como erróneamente creía. Su letra eran las instrucciones reales para los esclavos negros que escapaban en los años 1800 para aprender a leer las constelaciones en el cielo para dirigirse al norte hacia la libertad. Para descodificar, Pete aprendió el código de la historia secreta de los Estados Unidos de América, de aquellos temas preocupantes que la gente “bien” sólo susurraba, si es que lo hacía.

Esa noche en la Universidad de Massachusetts, cantó una canción llamada “Acres of Clams”, basada en una vieja canción del mar con el mismo título y reescrita por Charlie King, quien había sido detenido en el sitio de construcción de la planta de Seabrook en las semanas previas. La organización que había nos había convocado y entrenado a los ocupantes (el recibir entrenamiento noviolento fue un requisito para poder participar), fue la Alianza Clamshell y sus miembros se llamaban entre sí “clams”, o “almejas” en inglés. De pronto Pete estaba cantando otro capítulo de la historia estadounidense, pero una más reciente y en la que yo participaba. Ahí es cuando el “switch” se apagó en mi cabeza. Me di cuenta que esa gente mencionada en las canciones porque hicieron algo interesante o incluso heroico eran personas como yo. Súbitamente, cada canción que Pete cantaba estaba a mi alcance. En ese momento era imposible ser cínico o incluso escéptico -mirando a la gente alrededor, viendo a los compañeros que se habían arriesgado a ser detenidos junto conmigo, cantando sus corazones en una canción sobre ellos- y entendiéndolo, puta madre, estoy en la canción, y si sigo viviendo mi vida así, nunca me quedaré afuera de la canción. Esa canción era donde quería vivir.

Ese es un pensamiento peligroso. Llevó a una completa reacción entera de acontecimientos y decisiones que tomé en las primeras bifurcaciones de la vida. Dejé a mi banda de punk rock el día después de que nos ofrecieran un contrato de grabación. Dejé la universidad tan pronto como entré. Dediqué la siguiente década de mi vida a continuas aventuras de desobediencia civil (27 arrestos a los 27 años) y pronto me gradué del trabajo más duro y significativo de la organización comunitaria. Vi a nuestro incipiente movimiento contra las plantas nucleares crecer nacional e internacionalmente, detener a una nueva generación de plantas de energía nuclear en los EEUU, e incluso el cierre de la planta en la que más había organizado en su contra. Esa es la canción, amigos, la canción que nunca termina. Y seguimos trabajando en el siguiente verso de la historia.

Al principio, tres cosas me sorprendieron de Pete, porque iban en contra de su imagen en los medios.

Uno, a diferencia de muchos “activistas” que iban a sus conciertos, era descaradamente patriótico de los Estados Unidos y los que consideraba sus verdaderos ideales.

Dos, estaba muy resuelto a ganar (algo también distinto a los arriba mencionados.) Pudo haber evitado otros intoxicantes, pero, definitivamente estaba enganchado con “la onda”. En su homenaje a Woody Guthrie, quien había muerto en 1967, “Querido amigo“, cantó, “Y cuando cantemos otra canción de la victoria, querido amigo, tu estarás ahí.” El punto de todo -la música, el cantar, los viajes, el organizar- para Pete, era triunfar. Él no sólo cantaba y participaba para pensarse una “buena persona”. Lo hacía porque esos eran los pasos hacia los cambios concretos en la sociedad, hacia la punta de esa canción de la victoria, el punto más alto que hay.

Tercero -y encontré esto un poco exasperante al ser un joven guitarrista- el sorprendente refinamiento de su maestría musical. Esa noche, con una guitarra de doce cuerdas, tocó y cantó “The Bells of Rhymney”, el poema hecho canción de un minero galés que se hizo poeta, Idris Davies, y quien había perdido uno de sus dedos en la mina. El “renacimiento de la música folk” de mi niñez tenía un aire de “cualquier puede hacerlo”, y muchos de los que lo hicieron tenían habilidades musicales rudimentarias; una forma de arte muy accesible y populista, digno de su nombre. Los sonidos que Pete le sacaba a su instrumento ponía a los venerados guitarristas de rock en su respectivo lugar, una completa orquesta y selva de cacofonía puesta para ordenar, en escalada, descendiendo alternativamente, ritmos. Agrega a eso el tono perfecto de una voz que se expandió por varias octavas, con la coordinación entre las cuerdas vocales, pulmones y manos en el instrumento – “if, if, if, if, IF!“- y luego silbando el golpe en las notas más altas. Podría continuar, pero en vez de eso voy a compartir el video de una actuación en 1964 de un Pete de 44 años, y tu, querido lector, podrás encontrar o escribir tu propia descripción.

Un mes más tarde, después de graduarme de la preparatoria, escuché de nuevo de Connie Hogarth, la directora de 51 años de la Coalición de la Acción Popular de Westchester (WESPAC, por sus siglas en inglés) en White Plains, Nueva York. Me invitó a un evento de recaudación de fondos en beneficio de WESPAC el 13 de julio de 1977, que se llevaría a cabo en un barco en el Río Hudson llamado Clearwater Sloop, un proyecto fundado por Pete para educar a la población a lo largo de los 500 kilómetros de la orilla del norte del estado de Nueva York sobre la necesidad de limpiar el río de la cloaca industrial en que se convirtió, y también para entrenar a la gente sobre cómo organizarse para conseguirlo. Por la tarde abordamos el barco en Beacon. Pete y otros músicos compartieron canciones e historias sobre el río y su trabajo para salvarlo. Los jóvenes miembros de la tripulación voluntaria tendieron las velas cuando el cielo oscureció y comenzó a llover. A las 8:37 p.m. la corbeta estaba lo suficientemente cerca de la planta de energía nuclear de Indian Point en Buchanan como para verla. Y de pronto, ¡PUM!, un rayo aterrador cruzó el cielo directo hacia la planta. Vox Populi. Vox Dei.

No fue una alucinación. Pasó realmente. Todos en el barco vimos la explosión y escuchamos el rugido estrenduoso. Millones de personas recuerdan esa noche a través de su propia experiencia. En ese preciso momento todas las luces de las casas y caminos de la orilla del Hudson se apagaron, y así comenzó el legendario Apagón de Nueva York de 1977, marcado por el caos absoluto en la ciudad, en donde los saqueos y disturbios estallaron en la oscuridad sin pretexto de política o de protestas en lo absoluto. Tal vez fue una profecía de los ochenta, noventa y el próximo siglo por venir.

Ahí, en el río, no sabíamos qué había pasado, pero el miedo más obvio era el quedar atrapados en el agua, lo más cerca que cualquiera pudiera estar de la planta si ocurriera un accidente nuclear. El miedo en el barco era palpable. ¿Y qué hizo Pete? Bueno, ¿qué piensan que hizo? Empezó a cantar, y todos lo hicimos también. Y pensé, bueno, podría haber peores maneras de morir joven que hacerlo con guerreros tan experimentados como Pete y Connie y la gente del barco, y morir cantando. ¿No? El miedo se disipó y cuando volvimos al muelle nos pusimos a investigar si ese rayo había provoca un accidente más grave en la planta, lo que afortunadamente no ocurrió.

Cuatro o cinco años pasaron antes de que estuviera cerca de Pete otra vez, esta vez en la orilla de otro río, el Delaware en Point Pleasant, Pennsylvania. Es una historia larga pero en forma abreviada, había estado ahí por menos de dos semanas, había llegado en la navidad de 1982 con otro guerrero de la organización, Abbie Hoffman. Los habitantes del valle estaban desesperados, porque la construcción estaba prevista que comenzara el 7 de enero en la estación de bombeo para desviar millones de litros del agua del río hacia el Río Limerick, a 80 kilómetros de distancia, para llevar agua fría a la planta de energía nuclear de ahí. Esta era gente conservadora, la mayoría miembros del Partido Republicano, que habían luchado contra el bombeo en los tribunales y perdieron, y estaban tan desesperados que contrataron al conocido Abbie -quien había estado en la lista de las diez personas más buscadas por el FBI- cómo su “consultor” por un dólar al año para organizarlos en una campaña para terminar con el bombeo. Yo tenía 22 años, acababa de lograr el exitoso referéndum estatal contra la energía nuclear en Massachusetts, y Abbie me había llevado para ser el organizador mientras el atraía atención nacional y regional a la causa.

Una de las primeras cosas que hicimos después de reunirnos con los compañeros locales y escuchar sus historias fue la de salir y pensar en una estrategia que pudiera servir con una población conservadora. Abbie tomó prestado un carro y me llevó al Parque Interestatal Washington, a unos pocos kilómetros del río, y mientras tirábamos piedras al agua planeamos lo que sería un acampe y bloqueo del sitio de construcción del bombeo durante el invierno. Le comenté a Abbie que la imagen de un campamento invernal venía directamente de la historia de la Revolución de los Estados Unidos en un lugar en Pennsylvania llamado Valley Forge. (La canción que Pete Seeger trató de cantar en el comité HUAC en 1955, pero que le habían prohibido, comenzaba, “Nuestros padres sangraron en Valley Forge/La nieve era roja con sangre/Su fe era cálida en Valley Forge/Su fe era la fraternidad/Ese fue un tiempo/El tiempo de tratar el alma del hombre/No fue un tiempo terrible.

Abbie respondió, “¡Nadie en el resto del país sabe exactamente dónde esta Valley Forge! Está en Pennsylvania, es lo único que saben. Bueno, entonces diremos que un monumento nacional está a punto de ser destruido ¡y lo creerán!” Entonces decidimos llamar al campamento “Valley Forge II”, y nos reímos mucho mientras en la tienda de regalos del parque compramos cientos de banderas estadounidenses y otra parafernalia de la época de la revolución para vestir la protesta de rojo, blanco y azul. “Creo que voy a llamar a Pete,” dijo Abbie, pagando lo que compramos con su tarjeta de crédito, “¡y le voy a pedir que venga a Valley Forge II y cante esa canción!”

Y lo hizo.

El plan de la Compañía Eléctrica de Filadelfia (PECO, por sus siglas en inglés) y su lacayo gobierno del condado de tener una gloriosa ceremonia de inauguración de los trabajos de bombeo el 7 de enero rápidamente les salió mal. Abbie salió en programas de radio para anunciar una recompensa de mil dólares “para quien se robe la pala de plata” y miles de ciudadanos locales aparecieron para bloquear la construcción. Pete salió y cantó y le encantaron las banderas estadounidenses y las imágenes patrióticas que habíamos desplegado como telón de fondo de la protesta. A pesar de que tenía un viaje largo a casa, fue a la Taberna Applejack and Rustic Cellar con los organizadores después del evento, tomando agua mientras la mayoría de nosotros tomábamos nuestra primer victoria de las muchas que vendrían.

Incluso en la primera mitad de los años ochenta, los Estados Unidos estaban atrapados en la resaca de las listas negras y la polarización que continuó después de los años sesenta, y acaba de elegir a un conocido anticomunista, Ronald Reagan, como presidente. Los manifestantes en contra de algo aún eran visto como anti estadounidenses por la mayoría del público, y los manifestantes raramente hicieron algo para disuadir esa idea, y aún así esta fue la primer gran protesta en la lucha ambiental que se había envuelto tan descaradamente con la bandera estadounidense.Y funcionó. Pete se reía y disfrutaba el momento, lo que muchos pensaron que era surrealista, pero muchos de nosotros lo vimos como una nueva jugada en diseñar movimientos sociales con una estrategia que Abbie y yo llamábamos “atrapa la bandera.” Esa fue la primera vez que Pete supo de mi existencia. Y durante los siguientes 27 años, hasta la última vez que lo vi en su fiesta de cumpleaños 90 en Beacon, Nueva York, cada vez que nuestros caminos se cruzaban siempre se acercaba y me hacía muchas preguntas sobre lo que estaba haciendo en ese momento. (Nunca he sido el tipo de los que se arroja sobre la fama de otros; si te paras en una esquina o en la parte de atrás, los compañeros de calidad eventualmente se te acercarán.) Y por lo general él tenía historias propias para compartir sobre organizar que arrojaban luz sobre los problemas actuales que yo trataba de resolver.

En 1987, en una reunión entonces llamada Canciones de Libertad y Lucha (después Red de Música Popular), interpreté una pequeña canción que yo llamaba “La revolución estadounidense”, un número acústico de rock & roll con un coro pegajoso, contando una historia popular de la guerra de independencia y la organización comunitaria que figuras históricas como Sam Adams, Thomas Paine, Ben Franklin y Betsy Ross habían hecho para ganar apoyo público para la revuelta. El componer canciones, entonces y ahora, no ha sido una carrera. Es algo que se hace para divertirse y porque algunas cosas solamente pueden decirse con ritmo, melodía y humor, porque si uno las dice de otra forma probablemente será perseguido por una turba y colgado en una plaza pública. La línea principal del coro era, “Era una revolución/Pero aún no ha terminado.” Pete estaba ahí y se me acercó después preguntándome si podía publicarla en la revista Sing Out.

Unas semanas después, recibí una carta de Pete, preguntándome por la canción. “¿Tienes una grabación o algo que pueda comprar, o al menos una hoja con las palabras? Creo que es una de las mejores canciones que escuché en mi vida.”

Algunos amigos músicos a los que les había enseñado su carta me instaron a tomar esas palabras del dios más grande del folk en los EEUU y valerme de eso para una carrera musical. Pero entonces yo estaba ocupado organizando para cerrar una planta de energía nuclear. Incluso después de que Pete enviara una segunda carta agradeciéndome por enviarle las letras pero insistiendo a que le enviara la canción, nunca la grabé. Creo que siempre he estado más cómodo haciendo el trabajo que hace las historias que se cantan en las canciones que ser un intérprete constante sobre el escenario.

En cualquier tipo de industria del entretenimiento, uno tiene que sufrir mucho por los tontos. Lo vi una y otra vez cuando acompañaba a Pete a una protesta o en el backstage del concierto, o en el funeral de un amigo. Todos parecían querer y demandar su atención personal al mismo tiempo. Yo solo me paraba ahí y me maravillaba de su paciencia con ellos, y mucha gente concluía que era el tipo más amable en el mundo y un santo absoluto por la manera en que daba esa dosis e atención personal a prácticamente todos los que conocía. Luego se iban, con un autógrafo o una historia para contar, y Pete me miraba, o se encogía de hombros como diciendo que ese era el precio que se paga por perseguir la onda de “una canción más para la victoria” día tras día, noche tras noche.

Siempre he tenido la sensación que debajo de la personalidad de Pete acechaba un misántropo que tenía que gastar gran energía reprimiendo su máquina de furia interna para poder hacer el trabajo que amaba. Vivía al final del camino de tierra, y pasaba gran cantidad de tiempo ahí con su familia, porque, creo, necesitaba mucha soledad para ceñir las incursiones públicas que eran parte de su obra de vida. Creo que esa paradoja es lo que más admiro de él, aún.

Mi amigo Greg Berger recuerda cuando un día de niño, su padre lo llevó a dar una vuelta por el Hudson desde Manhattan y se detuvo en Beacon, sesenta kilómetros al norte, para mirar el río. Greg le preguntó a su padre por qué el río estaba cubierto por una fea sustancia verde. Un hombre solitario que caminaba a lo largo de la orilla del río recogiendo basura escuchó la pregunta del niño y se detuvo para explicar que lo verde eran algas causadas por la contaminación, pero que la gente se estaba organizando para limpiar el río. Entonces, el hombre siguió caminando solo recogiendo la basura y el padre de Greg le dijo emocionado: “Hijo, ¡ese era Pete Seeger!” Era como un episodio de Los Simpson. Miles y miles de personas tienen historias similares que contar, historias que cambiaron sus vidas. estas semanas, hemos escuchado muchas de ellas desde que Pete falleció.

Otra paradoja viene con la historia de mi amigo Stephan Said, un cantautor, que dice que cuando en el 2002 escribió una canción contra la Guerra de Irak llamada La campana, a Pete le gustó lo suficiente para grabar la parte hablada. Pete había invitado a Stephen a su casa en Beacon para compartir más música y Stephan dejó las partituras originales de sus composiciones para que Pete las leyera. Cuando a la semana siguiente Stephan volvió, Pete se había tomado la libertad de escribir un símbolo de derechos de autor con el nombre de Stephan en cada hoja de su música, explicando que los músicos y la gente de la industria son grandes ladrones y como artista y trabajador Stephan necesitaba proteger su trabajo. Por años, Stephan había vivido en una ocupación en Lower East Side de Nueva York, una subcultura donde los derechos de autor eran considerados “malos” junto con cualquier otro tipo de propiedad privada. La conclusión diferente de Pete era paralela a muchos de sus puntos de vista, aquellos de alguien que se curtió en el movimiento obrero: que un artista es un trabajador y tiene derecho a los frutos de su trabajo.

Mucha gente a la que le gusta Pete y su música probablemente no eran conscientes de algunos de sus impulsos como los de ser contrario a lo más habitual de los activistas porque, a diferencia de los “activistas”, Pete tenía una intensa aversión a los debates políticos, y si alguno aparecía cerca de él se iba a cortar madera, tocar su banjo, o jugueteaba con el mástil de la embarcación para evitar ser arrastrado hacia él. Un maestro en persuadir a las personas escondiéndose detrás de sus corazones con una historia o canción, tenía la sabiduría para saber que los argumentos políticos usuales raramente servían para convencer a nadie a nada.

Una de las inspiraciones para la Escuela de Periodismo Auténtico, fue un lugar en Tennessee llamado El Centro Highlander. Es el lugar donde se celebraron muchas sesiones de entrenamiento noviolento durante el movimiento por los derechos civiles del sur. Rosa Parks no se paró espontáneamente en un autobús de Montgomery en 1955 y se negó a sentarse en la parte de atrás. Ella primero había viajado desde Alabama a Tennessee para entrenarse en cómo hacerlo. El Centro Highlander también fue el lugar donde Pete volvió a trabajar el viejo espiritual “Vamos a vencer” por “Tenemos que vencer”, lo que se convirtió en el himno de ese movimiento. Lo hizo precisamente durante los años en que había estado en la lista negra y prohibido de la radio de los Estados Unidos. Su condición paria de entonces en el blanco Estados Unidos le dio credibilidad y un pie común con gran parte del Estados Unidos negro que entonces se levantaba por la igualdad de derechos, y sus experiencias en anteriores victorias del movimiento obrero eran un valioso recurso para eso y también para otras luchas posteriores.

El día más importante en la larga historia de Pete fue cuando, a la edad de 35 años, fue citado ante un comité del congreso y se le pidió proporcionar los nombres de supuestos comunistas. Muchos artistas conocidos y otros, efectivamente proporcionando nombres, lo que se utilizó para poner en la lista negra a muchos talentos impidiéndoles ganarse la vida. Tantas vidas arruinadas, junto aquellas de sus amigos y familiares. Algunos compañeros valientes también se negaron a delatar en esas audiencias. Invocaron la Quinta Enmienda de la Constitución de los EEUU en contra de la auto incriminación. Pero Pete tomó un tercer camino distinto. Él no invocó la Quinta Enmienda. Insistió en que no tenía crimen que esconder. Muy cortésmente le dijo al comité, una y otra vez, que él no respetaba sus preguntas y negaba a responderlas. Los miembros del Congreso, la prensa, y mucha parte del público estaban impactados por ese movimiento descarado de un hombre joven, que incluso en el momento en que su propia vida estaba arruinada por esa caza de brujas, insistió en voz alta que lo hacía por patriotismo y amor por los verdaderos ideales de su país. Los tenía grandes. Yo francamente me pregunto que si Pete no hubiera hecho eso, si el temor rojo alguna vez hubiera llegado a su fin. Fue un día fatídico para su vida, pero un aún más grande para el país.

Fue el momento en que ganó la autoridad moral que desplegó tan espléndidamente por el resto de su vida -¡por otros 59 años!- y que hizo de las canciones que cantaba y las historias que contaba algo más que simple entretenimiento. Pete había pasado por el infierno y había vuelto, y vivió para contar la historia.

Y así justo cuando las nubes se disipaban y comenzaba a recibir invitaciones para tocar en la televisión o en salas de conciertos más grandes, una nueva generación de cantantes y grupos de rock y folk comenzó a interpretar sus canciones y hacerlas populares, lo que eligió hacer entonces también marcó un punto de inflexión. En lugar de aprovechar ese momento en la industria musical para el estrellato, dedicó muchos de sus días a una idea tan simple que muchos de sus amigos pensaron que era una locura. Pensaron, mínimo, que era excesivamente romántico, débil y demasiado simple. “Hay una guerra en curso”, otro cantante de folk le dijo en ese momento. “Ese barco es una distracción.”

¡Ese maldito barco! Sí , Pete quería construir un barco. Quería ponerlo en el río Hudson, y utilizarlo como herramienta de organización para construir un movimiento para limpiar el río. Utilizó sus propios recursos y talentos para organizar a otros para ayudar a hacerlo. Y una vez que el barco zarpó, se convirtió en su propia versión del Centro Highlander. Al igual que muchos verdaderamente grandes organizadores, Pete entendido que para ser capaz de enseñar y entrenar a la gente para hacerlo bien, tienen que salirse de las presiones y distracciones de su vida cotidiana para darles algo que hacer con sus manos y mentes para encontrar el espacio para evolucionar. ¿Cuántos miles de jóvenes pasaron una semana o un mes en ese barco, aprendiendo canciones e historias sobre el río y las herramientas y habilidades para salvarlo? No sé . Pero estoy seguro que es más grande en número que los ejércitos permanentes de muchos países. Más de medio millón de niños en edad escolar han subido a bordo del barco en viajes escolares.

Y el río está más limpio ahora. Hoy en día se puede nadar en él. Eso no se podía hacer en mi juventud.

Me maravilla aún más lo que él logró con esa gente. Él hacía divertido aprender acerca de organización. Y estableció que la organización, por definición, se hace en un lugar geográfico en el nivel más local, donde “esa canción de la gran victoria” se construye con una pequeña victoria a la vez. Muchos de esos ex balandros estábamos entre los 20,000 de nosotros que se dieron cita en el Madison Square Garden en el 2009 para el concierto que celebraba sus noventa años en la tierra. Las velas del barco de Clearwater fueron exhibidas por cadenas de luces sobre el escenario mientras leyenda tras leyenda interpretaba las canciones que Pete hizo populares en los tiempos más oscuros. Pete había pasado de estar en la lista negra a la edad de 35 a presentarse en las escalinatas del Monumento a Lincoln durante la asunción de un nuevo presidente de EEUU a principios de ese año. Eso no ocurre para todos los que toman decisiones valientes y correctas en los momentos difíciles de la vida. Pero estoy seguro que me alegro de haber vivido para ver que sucediera para Pete.

En mayo pasado, visité a Connie Hogarth en Beacon, donde fue la vecina y mejor amiga de Pete y Toshi Seeger, para grabar su propia historia significativa de vida para una historia oral del movimiento No Nukes. Después de varias horas ella nos invitó a Laura García, mi mano derecha en ese proyecto de libro, y a mi a cenar a un restaurante asiático local. Connie llamó a Pete y Toshi para invitarlos a venir también. Pete dijo que Toshi no se sentía lo suficientemente bien para ir, y dos meses después Toshi falleció. Seis meses después de eso, Pete se fue.

A principios de este año, Connie me contactó para ir al cumpleaños 95 de Pete en mayo. “¡Creo que puede llegar a 100!”, Dijo. Se había dicho que en los días previos había salido a cortar leña.

En cuanto al resto de nosotros, los que Pete puso en la canción de la historia, todavía la estamos escribiendo, juntos, con nuestras obras. Son nuestras acciones diarias las que determinan si estos versos y coros suben a la alta extática que Pete siempre buscó, la euforia total de la canción de la victoria. Elijo vivir dentro de una canción de la victoria permanente, porque, gracias a Pete, me resultaría completamente imposible y desagradable vivir en otro sitio. Y esa canción se parece mucho a su barco: Uno puede saludarlo desde la orilla del río. O puede subir a bordo.

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