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Luchando en las planicies del Cielo

Un héroe mexicano, Carlos Sánchez López de 49 años, asesinado


Por Al Giordano
Especial para The Narco News Bulletin

19 de agosto 2003

Fuerza innúmerable de espíritus armados,
Que osaron disgustar a su reino, y, prefiriéndome,
Su inmenso poder con adverso poder opuesto
En dudosa batalla en las planicies del cielo
Y sacudieron su trono. ¿Deberá perderse el campo de batalla?
No todo está perdido —la férrea voluntad,
Se estudia la venganza, el odio inmortal,
Y el valor nunca cesará o se dará por vencido:
¿Y qué más no habrá de venir en adelante?

—John Milton, El paraíso perdido


Carlos Sánchez
Haber estado tantas veces, como yo estuve, en presencia del gran luchador social Carlos Sánchez López (1954-2003), quien fue asesinado el domingo pasado en la mañana en la ciudad que él hizo libre, Juchitán, fue y siempre será uno de los grandes placeres de mi vida en el camino.

Aún estoy en shock: recibir la noticia de su asesinato brutal y violento se sintió como si un ladrillo golpeara contra mi cabeza, y la de cada ser humano que, desafiando al Poder, arriesgara su vida para hacer la voluntad del pueblo sobre la impuesta por los tiranos.

Sus asesinos, como sea, no —y no podrían para nada— entienden las consecuencias de su malevo acto, y la reacción que han desatado y viene ahora en su caza. Hombres como Carlos Sánchez nunca mueren. Regresan de la tumba para hacer justicia en miles de direcciones a través de corazones ardientes y puños implacables de aquellos de nosotros que nos quedamos aquí para continuar.

Carlos Sánchez era mi amigo y colega, así que yo, como muchos otros, le debo justicia. Su amistad me encontró una calurosa tarde de verano en 1997 cuando crucé el umbral de una puerta con una estrella roja en la avenida Cinco de mayo en Juchitán de Zaragoza, en el estado mexicano de Oaxaca, en el Itsmo de Tehuantepec. Estaba casi siempre ahí, en los cuarteles de la Coalición de Obreros, Campesinos y Estudiantes del Itsmo, la legendaria COCEI, organización fundada por Carlos cuando era veinteañero y que plantó la primera gran derrota al partido único en el poder en México, allá por 1982.

Yo, un hombre más joven que hoy, estaba comenzando a entrar en los mundos del México indígena, quería escuchar la historia completa de cómo esta ciudad bilingüe —donde todavía hoy el zapoteca y el español se hablan indistintamente— había peleado contra la dictadura y ganado. Luego de algunos días de lectura de documentos en la casa de la cultura de la ciudad, estaba claro que éste era el hombre que tenía que ver, el que lo vivió, el artista fuente que podría enseñarme como se había hecho.

Cruzando el umbral de su “sala de guerra” de ladrillos y escombros, entré a un mundo del que nunca regresé. Ahí, fui presentado a Carlos Sánchez López. Su rostro, su firme apretón de manos, sus ojos, la sonrisa emanando desde abajo de su negro bigote y sobre su pañuelo rojo y dorado, eran inmediatamente reconocibles: Carlos era como uno de esos agitadores que organizaban sindicatos en las novelas de Steinbeck —como Mac o Jim o Doc, de Una vez hubo guerra— listo para llevar todas y cada una de las luchas hasta sus últimas consecuencias. Sus enemigos sabía eso sobre él. Le temían y odiaban, a este brillante abogado laboral que siempre vivió en la pobreza, que dio todo lo que tenía: “Para todos todo, para nosotros nada”.

En mi experiencia, Carlos fue uno de la media docena de organizadores políticos más efectivos en toda la nación mexicana, de más de 100 millones de personas. Era, como se volvió claro las últimas semanas, el hombre que quizá más se paró en el camino de los planes coloniales para volver a su querido itsmo en un “Canal de Panamá terrestre”, parte de lo que era conocido como Plan Puebla Panamá.

Escribí brevemente sobre Carlos en estas páginas en la primavera de 2001. Ahora quisiera haber escrito más, poveerlo con más visibilidad. Las imágenes de otros amigos y luchadores sociales como él, aún vivos, pasan por mi cerebro con urgencia. Para ellos debemos, y lo haremos, proveer la armadura de luz de sol más brillante. Y debemos asegurarnos de que los autores intelectuales del asesinato de Carlos vivan para lamentar sus actos, para así evitar que lo hagan luego contra nosotros.

No importa qué historias sean inventadas por el Poder —y ya hay varias, todas contradictorias entre sí— para explicar y hacer aparentar a su asesinato como “robos”, o como resultado de su supuesta ebriedad, que ellos ya han supuestamente arrestados a algunos hombres pobres y los acusan de haberlo matado, o algún otro pretexto similar (todo lo que queda, ahora es inventar la historia de que se suicidó aplastando ese ladrillo contra su propia cabeza y fracturando su esqueleto en múltiples ocasiones), yo sé, en mis entrañas, que la orden de matarlo vino de arriba. La rapidez con la que muchas convenientes mentiras fueron inventadas por los fiscales del Estado y los corruptos “periodistas” en las horas que siguieron a su muerte revelan la desesperación del Poder para evitar la culpa en este crimen de guerra: el Poder debe estar preocupado. Las dos mil personas que asistieron al funeral de Carlos ayer saben la misma verdad en sus corazones: Carlos fue asesinado, y ahora habrá que pagarlo con creces.

El deshonesto columnista político del diario Noticias de Oaxaca, Luis Ocejo Martínez, ha ya intentado mearse en la tumba de Carlos, caracterizándolo como “un intransigente” y “un bruto”, y paradójicamente, afirmando que de ninguna manera un hombre tal podría haber sido asesinado por razones políticas. Bienvenido a la prensa de Oaxaca, donde ninguna mentira es demasiado grande para ser inventada.

El primer día, la primera vez que estreché la mano de Carlos Sánchez, hace seis veranos, inmediatamente aceptó una entrevista, pero primero me pidió que me sentara y observara la asamblea en marcha en las oficinas de la COCEI: una vez por semana, en ese tiempo, cualquier ciudadano de la más grande ciudad indígena de América y sus campos de alrededor podía llegar a las oficinas de la COCEI con sus problemas buscando solución. Carlos presidía la asamblea. Una madre no tenía comida para sus hijos. Otro hombre se había roto la espalda en el trabajo y el patrón se negaba a compensarlo. Carlos, abogado laboral, tomaba esos casos, usualmente en forma gratuita, y trajó su tremenda fuerza de personalidad para ganar a los patrones y obtener, para el trabajador, lo que le debían de acuerdo a las leyes del Estado y de la naturaleza.

Hay paralelos entre el asesinato de esta semana de Carlos Sánchez y el asesinato en 1968, en Estados Unidos, de otro abogado: Robert F. Kennedy. Carlos era el hermano menor de un líder político de oposición en el estado de Oaxaca. Héctor Sánchez López, que fue senador nacional, diputado y candidato de la oposición a gobernador del único estado en México que es mayoritariamente indígena. Fue Héctor quien, hablando zapoteca en la sede Congreso, presentó a la delegación zapatista en la primavera de 2001, y quien ayudó a redactar el borrador de la llamada “Ley Cocopa” para legislar los derechos de los indígenas del tratado conocido como Acuerdos de San Andrés para la paz y la autonomía en Chiapas y todas las regiones indígenas.

A invitación de Carlos, atestigüé el inicio de campaña de su hermano Héctor en marzo 8 de 1998. Como los hermanos Kennedy antes que ellos, Carlos era el estratega de campaña, el que tenía los mapas y las cuentas y la memoria histórica de décadas de lucha para organizar el estado. La elección, por supuesto, se perdió bajo una nube de votos comprados y alegatos de fraude: el candidato del gobernante Partido Revolucionario Institucional (PRI) José Murat fue declarado vencedor.

Casi un año después, en mayo de 1999, el mayor de los hermanos Sánchez,entonces senador federal, sobrevivió a un intento de asesinato cuando postoleros dispararon contra su vehículo en Chalcatongo de Hidalgo, Oaxaca. Héctor recibió una bala en la pierna. Su asistente de campaña, Oscar López Cruz, recibió un tiro en el cuello y el periodista Isaac Gabriel López Cruz sobrevivió a una herida de bala en la cabeza. “El gobierno de Oaxaca estuvo detrás del atentado”, dijo el senador a los reporteros en su cama de hospital.

Como senador, recibió la visita en su oficina de la ciudad de México —era el líder del Partido de la Revolución Democrática (PRD) en la Cámara Alta— del funcionario de la embajada de Estados Unidos Jan Erik Hall, durante el oscuro régimen en la embajada del embajador Jeffrey Davidow, veterano del golpe militar de 1973 en Chile. Llegué a la oficina del senador un poco después de la visita y vi la tarjeta de presentación de Hall en su escritorio. Pregunté: “¿Qué quería éste?”. El senador respondió que la embajada quería saber que tipo de oposición harían al plan corporativo multinacional de construir una megacarretera a través del Itsmo de Tehuantepec: no se llamaba todavía Plan Puebla Panamá, pero la embajada ya tenía puesta la vista en este proyecto en el suelo de otra nación.

El senador era una fuente, alguien para entrevistar. Pero su hermano menor, Carlos, era mi cuate. He estado en la oficina del senador. Pero estuve en casa de Carlos: una casa tan espartanamente decorada, junto a los vagones del ferrocarril, que era claro que este hombre no se preocupaba en nada por el dinero o sus trampas. Carlos me invitó una vez a una vela con su familia, una de las fiestas de toda la noche por las que la cultura zapoteca es famosa. Hablamos durante horas entre la música, el baile, la abundante cocina juchiteca, los fuegos artificiales —era el aniversario de una famosa batalla en la que el pueblo de Juchitán sacó a las tropas invasoras de Francia— y nos dimos cuenta de ambos habíamos estado en Nicaragua en los ochenta. De hecho, Carlos dio nombres a sus hijas por una famosa comandante sandinista. Durante sus tiempos de exilio prerrevolucionarios, los líderes nicaragüenses, incluyendo a Daniel Ortega, se escondieron en Juchitán, con la ayuda de Carlos. Él organizó caravanas de camiones de alimentos y ayuda de Juchitán a Nicaragua durante ese tiempo. En Carlos encontré a alguien que ya era mi amigo, décadas antes de conocerlo.

Carlos Sánchez, como joven estudiante en la Universidad Nacional Autónoma de México, en la capital del país, organizó ocupaciones de embajadas extranjeras para llamar la atención a principios de los años ochenta, durante la batalla por la autonomía de Juchitán. Fue prisionero político muchas veces. Nunca fue de salir en fotos (de hecho, es difícil para mí, hoy, encontrar fotografías suyas: aunque saqué muchas fotos de su hermano, de alguna manera, no hice ninguna de Carlos… y ahora, nunca lo haré). Pero fue el que siempre estuvo ahí, detrás de la puerta con la estrella roja, listo para solucionar tus y mis problemas con su brillante mente estratégica, su educación legal, su valiente ánimo para ganar las luchas y su enorme corazón generoso.

Mi amigo Barry Crimmins me llamó ayer desde Estados Unidos. “¿Crees que el asesinato de Carlos fue una advertencia para ti o para otros?”. Desde luego que lo fue: una campaña de terror al estilo paramilitar está en marcha ahora en toda la ruta del Plan Puebla Panamá. Fue iniciada la primavera pasada, con el arresto de Carlos Manzo, un fundador del Congreso Nacional Indígena del pueblo de Unión Hidalgo, cerca de Juchitán, y su colega Luis Alberto Marín, todavía en la cárcel.

El gobernador de Oaxaca, José Murat, afirma, a la prensa a través de sus funcionarios, que no tiene nada que ver con esto. El Presidente de la República, Vicente Fox, trata de salir limpio de la sangrienta foto. Pero aquí, queridos lectores, viene la prueba de que la campaña de terror contra los líderes y los movimientos sociales del Itsmo tiene sus raíces en el Palacio Nacional.

Manzo, el líder indígena, está casado con una respetada académica y luchadora social, Sofía Olhovich, quien, obviamente, tiene un apellido ruso. Cuando Manzo —un líder opositor al Plan Puebla Panamá— fue arrestado por participar en una protesta pública que bloqueó una carretera, el Instituto Nacional de Inmigración en Salina Cruz, Oaxaca, notificó a Olhovich que debía apersonarse en sus oficinas, por una supuesta violación de su supuesto estado migratorio. Estos brillantes servidores públicos aparentemente no sabían: Olhovich es ciudadana mexicana, nacida en este país, hija del ex embajador de México en la Unión Soviética. Así que, obviamente, la “migra” no tenía jurisdicción y se calló rápidamente sobre el asunto.

Pero con esa acción —el uso de autoridades federales migratorias como par de la campaña de terror en apoyo al Plan Puebla Panamá— el gobierno de Fox puso su mano y reveló su rol al imponer métodos oscuros y brutales de los regímenes que Fox afirmó iba a cambiar. Las autoridades de migración responden únicamente al presidente y al secretario (ministro) de gobernación, Santiago Creel. Cuando interfieren en luchas sociales, es por órdenes directas del presidente y sus hombres (así como las autoridades migratorias de Fox expulsaron a unos estudiantes gringos que estaban en San Salvador Atenco el año pasado durante las primeras protestas contra el ahora derrotado proyecto multimillonario de un aeropuerto, también parte del Plan Puebla Panamá, así como su predecesor, Ernesto Zedillo, abusó de las leyes migratorias para expulsar ilegalmente a 400 periodistas y observadores internacionales en territorio zapatista de México en los años noventa… no es necesario decirlo, pero Fox nunca ha expulsado a su asesor político texano, Rob Allyn, que trabajó para él clandestinamente durante tres años, en la campaña electoral, con visa de turista…).

Ahora la campaña de terror ha comenzado, y hemos perdido a uno de los mejores luchadores sociales en toda América, Carlos López Sánchez (quien, no incidentalmente, era asesor legal de la organización política del apresado Manzo). Alguna buena gente está solicitando “investigaciones” nacionales y estatales sobre el asesinato de Carlos Sánchez. Pero el juego está arreglado: no puedes pedir a la parte culpable que se investigue a sí misma. Y el gobierno de Fox es culpable, al menos, de haber enviado la señal —con el abuso de las autoridades migratorias a Olhovich— de que la ilegalidad, y no la ley, seguirán prevaleciendo en Oaxaca, con impunidad, si sirve a los intereses foráneos detrás del Plan Puebla Panamá.

Y así, mis sobrevivientes amigos, hoy lamentamos la pérdida de Carlos Sánchez. Mañana, ¿quién sigue? Carlos no ha muerto. Su memoria mira sobre mis hombros mientras escribo y sobre los suyos mientras leen. “No todo está perdido”, como escribió Milton, “la férrea voluntad… se estudia la venganza, el odio inmortal… Y el valor nunca cesará o se dará por vencido…”.

Carlos Sánchez López fue una de esas muchas gentes que definió “voluntad inconquistable” para mí. ¡Viva Carlos Sánchez López! ¡Viva! Y aunque ahora continúa su batalla en las planicies del cielo, que se haga su voluntad aquí en la Tierra. Se lo debemos, y mucho más.

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