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Narco News Issue #39
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Yucatán espera la llegada del Subcomandante Marcos

En la ciudad de Mérida muchos no saben quién es el “Delegado Zero”… pero en los campos, el aire está cargado de expectación y una historia de rebelión


Por Al Giordano
El Otro Periodismo con la Otra Campaña en Yucatán

12 de enero 2006

Mérida, Yucatán, enero 2, 2006: Doce años después que los indígenas del estado más al sur de México, Chiapas, se levantaran en armas bajo el lema “¡Libertad! ¡Justicia! ¡Democracia!”, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) escogió el día de Año Nuevo 2006 para enviar a su portavoz el Subcomandante Insurgente Marcos en un recorrido de seis meses a todos los rincones de la República Mexicana.


Del video noticiario: Yucatán espera a Marcos
Su misión: “Escuchar a la gente sencilla y humilde que lucha”, dijo el Subcomandante en agosto pasado.

En Yucatán, estado al que esta gira llega el próximo miércoles 18 de enero, la gente sencilla y humilde que lucha ha luchado por más de quinientos años.

Le tomó a los españoles 170 años conquistar a los indígenas mayas de esta región, y los siglos desde entonces no fueron un día de campo para el desfile de poderes foráneos que han tratado de imponer su voluntad aquí. Y una vez que los invasores lograron el “control” impusieron el sistema de castas —en el que los europeos y sus imitadores disfrutaban de más derechos legales y libertades que los nativos en la península caribeña. Hasta hoy las élites mercantiles de Mérida son conocidas como “la casta divina”, y siguen maltratando a los indígenas, a los trabajadores y a los pobres.

Luego en 1847, luego de siglo y medio de conquista, comenzó la Guerra de Castas en Yucatán, en la que los mayas persiguieron a las castas superiores —europeos, mestizos y a quienes se consideraban a sí mismos como “antigua realeza maya” (su corresponsal no podría decir si esos arrogantes reclamos de linaje son verdaderos)— en cada aldea de la península, forzándolas a buscar refugio tras las entonces amuralladas Mérida y Campeche (hoy capitales estatales). Fue una Guerra de Castas que, de acuerdo a los historiadores, tomó 85 años extinguir a los invasores. Hay más, mucho más, inclusive la ocasión, en 1918, cuando la República Socialista de Yucatán precedió a los rusos en formar el primer estado socialista independiente sobre la Tierra (los Estados Unidos tuvieron que enviar marines para sofocarla) y, amable lector, iremos a ello en las próximas dos semanas, pero primero la pregunta del momento:

¿Por qué Marcos viene a Yucatán?

Como el Teniente Coronel zapatista Moisés explicó el pasado 16 de septiembre, cuando los zapatistas anunciaron que enviarían a Marcos –en el papel de “Delegado Zero”, precediendo a una segunda y mayor ola de zapatistas que peinaría el país a partir del próximo verano- a hacer la labor:

…es nuestro deber cumplir de explorar al terreno por donde vamos a llevar a nuestros compañeros y compañeras de nuestros pueblos, así somos nosotros los militares, siempre hay quien va de vanguardia. Vanguardia le decimos a quien va adelante y ve qué hay adelante del terreno que no conocemos todavía y su tarea el que va de vanguardia es detectar qué hay; si es terreno pantanoso, pedregoso, espinal y otras situaciones que observe la vanguardia y eso nos informa para saber qué hacer y cómo hacer.

Nosotros sabemos que ustedes entienden la vanguardia por el que va a dirigir, o los que saben cómo se debe luchar o el que manda y que son los únicos y que tienen razón y los que saben más y mejores y que por lo tanto son los principales… nosotros no lo entendemos así, la vanguardia para nosotros es así como ya les dije, es quien va a conocer el terreno, para nosotros terreno no conocido y que es necesario ir en ese terreno para avanzar la lucha, ese trabajo nos toca a los militares, la exploración del terreno…

El trabajo para la vanguardia de exploración del terreno sobre la Otra Campaña le ha tocado al compañero Subcomandante Insurgente Marcos. Será el primero en salir y atrás de él vamos también nosotros, turnándonos para hacer el trabajo…

El reconocimiento fue específico: Marcos saldrá a explorar “el terreno, para nosotros terreno no conocido”.

Minutos más tarde, en la misma reunión de la selva en La Garrucha, Chiapas, Marcos detalló el plan y el itinerario de su viaje de seis meses que comenzó el domingo 1º de enero. Debieron pasar unos 21 años (entró a la selva en Chiapas por primera vez en 1983 u 84), tal vez más, desde que vio la realidad de Yucatán con sus propios ojos. Pero en sus palabras de esa noche mostró que está consciente de su historia rebelde.

Cuentan los historiadores, si les creemos, que los lugares de México donde primero llegó el pensamiento de crítica anticapitalista y el empeño por construir una nueva sociedad con nuevas relaciones sociales, fueron la costa de Chiapas y la península de Yucatán; en trabajadores cafetaleros y henequeneros. Ahí es donde va a empezar la Otra Campaña.

Uno de esos pensadores críticos anticapitalistas, Felipe Carrillo Puerto (1872-1924), sigue siendo un héroe en toda la península hoy: un periodista y defensor de los derechos de los indígenas que fue electo gobernador en 1922. Carrillo Puerto ya había peleado junto con los zapatistas originales (del general Emiliano Zapata), había sido miembro del Partido Comunista y luego del Partido de Trabajadores Socialistas. Él (como los yucatecos en general) fue uno de los primeros abogados mexicanos del sufragio femenino. Un renacentista, don Felipe fue también el autor de la letra de la popular canción “La peregrina”, sobre su amante y novia, la periodista política de California Alma Reed. Durante dos años, como gobernador democráticamente electo, comenzó la construcción aquí del socialismo democrático.

La dictadura militar mexicana lo puso ante el pelotón de fusilamiento dos años después. Pero la construcción de un socialismo de raíz indígena y democrático —si miran las sedes municipales en lugares como Tekax (de 22 mil habitantes, la mayoría de habla maya o chol), las palabras en la parte superior dicen: “Palacio Municipal Socialista”— no se ha detenido ante el diario asalto del dinero, el poder militar y los medios cuyo trabajo es detenerlo.

Parece el encaje perfecto: Marcos, vocero de cientos de miles de indígenas mayas de Chiapas, de las lenguas tzotzil, tzeltal, tojolabal y chol, yendo a la otra gran región maya (donde el lenguaje es simplemente conocido como maya: los lingüistas dicen que todos vienen de las misma familia de idiomas y palabras), hogar de reverenciadas pirámides desde Chichén Itzá hasta Tulúm, con tan rica historia de rebelión y rechazo a ser conquistados.

En las calles y en los mercados de Mérida

Y así, siempre optimista sobre este matrimonio hecho en los siete cielos mayas, el equipo móvil del Otro Periodismo con la Otra Campaña llegó a Mérida en vísperas de Año Nuevo y fue a las calles y a las plazas y mercados a entrevistar a la gente sencilla y humilde sobre la inminente visita de su camarada revolucionario.

“Y —queridos yucatecos— ¿qué piensan de la visita que hará por acá el zapatista Marcos la semana próxima?”.

Las citas siguientes son textuales y representativas de la mayoría de los comentarios que recibimos:

  • La verdad es que escuché hablar a la gente de ellos [los zapatistas], pero no sé mucho.
  • Escuché hablar de Marcos pero no estoy informado sobre su política. ¿Es de Chiapas? De veras no sé nada de su vida.
  • La verdad no sé mucho. Escuché que su líder es Marcos, pero no sé nada sobre su trabajo.
  • No tenemos opinión sobre eso aquí. No escuché nada sobre él.
  • No sé quién es. Es una cosa mala que venga porque no sabemos nada de él.
  • ¿Viene para acá? Cualquiera que venga es lo mismo.
  • Si viene para hacer el bien, qué bueno.
  • No estoy interesada. No sé nada de eso.
  • Ni siquiera sabemos por qué viene. Vi en el periódico que viene pero no se por qué el comandante viene para acá. Me da lo mismo si viene que si no. No hemos visto sus pensamientos sobre la mesa. No tenemos una visión clara de eso./li>

  • Es el presidente de Chiapas, ¿no? Sí, es bienvenido aquí.
  • Sinceramente no sé mucho acerca del señor. No sé si ha cambiado las cosas allá donde está.

Algunas personas sabían algo acerca de los zapatistas y su Delegado Zero. Pero para seis periodistas —también gente que lucha contra la industria de los medios que nos explota, silencia, censura y margina— que han trabajado para difundir la buena palabra zapatista por tantos años, las noticias eran poco estimulantes en las calles y en los mercados de Mérida:

  • Para mí no está bien que una persona se esconda detrás de una máscara. Pienso que debería dar la cara y hacer propuestas concretas para ayudarnos a crear nuevos trabajos, para que la gente no tenga que robar o mendigar.
  • Creo que está mandado por el gobierno. Me gustaría decírselo en su cara.
  • Se va a encontrar con que éste es un lugar re tranquilo. No hay necesidad de traer armas. Ellos [los zapatistas] han desestabilizado al Estado.
  • No es bueno que venga, porque es un estado muy pacífico, el más pacífico de México. No queremos un gobierno o algo así. Los yucatecos somos muy pacíficos.

Querido lector: puedes escuchar a esta gente decir su palabra —puedes inclusive mirarlos mientras la dicen— en el video y el audio que presenta esta brigada como evidencia de esta historia. Un patrón emerge de la preponderancia de los comentarios, pero sería más fácil creerlo si miras sus expresiones y escuchas sus entonaciones —y miras el tipo de labor manual que muchos de ellos hacen— mientras dan su palabra.

Otros, inclusive (pero una minoría distinta de entre esa gente trabajadora que encontramos en sus trabajos o en las calles de barrios de clase trabajadora en esta ciudad), fueron más alentadores:

  • Supe que han ayudado a los pobres de allá [en Chiapas], especialmente ese comandante. ¡Deberían hacer lo mismo por acá!
  • No conozco sus propuestas. Si dios lo permite, traerá ideas para sacarnos del apuro en que estamos. Porque la situación económica aquí está mala. Cada día es peor. Otra gente de la clase comerciante piensa que el gobierno es bueno. Yo no. Si dios quiere, Marcos traerá algo bueno para el país. Estamos viviendo en la miseria y ellos, los políticos, van a la tele con todo este cinismo mientras roban al país. Necesitamos ideas nuevas para cambiar este sistema corrupto.
  • Es bueno que venga. Me encantaría hablar con él, escuchar sus opiniones sobre el gobierno. Todo aquí está mal. Y mientras esté aquí debería comer algo de cochinita pibil, algunos papadzules y escabeche… sería bueno si alguien que sabe cocinar se los hace.
  • Está bien. Sería bueno conocerlo. Está nomás de visita. Eso es bueno. No viene para mandarnos o algo así. Los yucatecos siempre tenemos los brazos abiertos al visitante.

Es el mensaje que resuena

Aunque la gran mayoría de la gente que entrevistamos carecía de un conocimiento a fondo sobre Marcos o la causa zapatista, cuando comenzaban a hablar de los problemas de esta región y de sus vidas diarias, otro patrón emergía: su mensaje es en muchos casos idéntico al de los zapatistas, y a su desconfianza de los políticos, partidos políticos y el sistema económico impuesto sobre ellos que va tan a fondo:

  • [Los líderes de los partidos políticos] nunca me van a ayudar. Ni siquiera tengo baño. No tengo nada. Son todos iguales. Solamente hacen las cosas para seguir en el poder.
  • No sé mucho sobre política mexicana, pero la crisis acá en Mérida es real, específicamente para la gente humilde. El gobierno necesita estar más en contacto con la gente. Los que mandan no escuchan a la gente. Necesitamos más comunicación entre el gobierno y la gente.
  • La política es una bolsa de trucos. Todo lo que [los políticos] saben hacer es robar y robar y robar más.
  • ¿Quién en cualquier país no quiere un cambio en beneficio de todos?
  • La situación está mala acá. La venta está más baja que en otros años.
  • El gobierno no ayuda mucho a la gente. Solamente se ayudan entre ellos. Toman el poder para poder tener un montón de dinero. Prometen y prometen, pero nunca cambia nada.

Pero el espíritu predominante en espera del Delegado Zero de los zapatistas en esta capital mercantil con 800 mil habitantes —al menos por las serie aleatoria de entrevistas hechas— es el desinterés, o el escaso interés. La visita no está generando grandes pasiones entre el público en general —al menos no antes de la llegada del visitante. Como dijo una joven a los Otros Periodistas sobre la visita de Marcos: “Es algo inesperado. No tiene mucha influencia aquí, así que no habrá problemas”.

Eso, desde la una vez amurallada ciudad de Mérida. Pero fuera de los vestigios de esos muros coloniales una voz diferente puede escucharse, una que clama por el por el testimonio y el espejo rebelde que representa Marcos, con su negro pasamontañas, para esa gran mayoría del país que se revuelve en la pobreza material pero es enriquecida por el espíritu de lucha.

Kanxoc quiere ver al subcomandante

Entre los pueblos mayas legendarios, cuya resistencia a las imposiciones desde arriba se remonta a la Conquista y a la Guerra de Castas, es Kanxoc, Yucatán, donde tres mil campesinos y sus familias vieron sus cultivos de maíz devastadas este año por los huracanes Emily (julio 18 de 2005) y Wilma (octubre 22 de 2005), todavía más destructivo, en octubre pasado. Kanxoc es una tierra valiente donde ni la policía estatal ni la federal, ni los militares mexicanos, se atreven a entrar. Una vez, la gente de acá tuvo como rehén al gobernador del estado hasta que les cumplieron lo que les había prometido. Hace un año, un reportero del Diario de Yucatán que publicó historias acerca de ellos, que la gente del pueblo consideró deshonestas, entró a la plaza del pueblo solamente para ser asediado por los pobladores, que lo arrastraron por los cabellos, dando vueltas por la calle.


Su brigada comunicó, a través de un intérprete, a las autoridades maya parlantes del pueblo que queríamos entrevistar a los pobladores sobre sus vidas —y sus pensamientos sobre la visita próxima al estado del Subcomandante Marcos. La visita fue aprobada y en enero 3 seis periodistas auténticos llegaron a las 11 am a la plaza del pueblo.

Mientras nuestros dos vehículos daban la vuelta a la plaza, cerca de cien residentes ya estaban reunidos esperando a los reporteros. Después de 20 minutos de haber llegado, la multitud creció a 300: mujeres vestidas con sus huipiles floridos, hombres, niños y ancianos. Sus reporteros encendieron las cámaras y los minidiscs, y pusieron la pluma a trabajar. Nuestro intérprete tradujo el saludo de este corresponsal a lengua maya: “Gracias por recibirnos. Somos periodistas que luchan contra la gran industria de los medios así como ustedes también luchan contra los ricos y poderosos. Estamos aquí en Yucatán para reportar sobre la visita del subcomandante zapatista Marcos. No representamos a ningún partido político ni al Ejército Zapatista. Solamente nos representamos a nosotros mismos. Estamos aquí solamente como periodistas independientes para escucharlos lo que todos —hombres, mujeres, niños y ancianos— deseen decirnos sobre sus vidas y su realidad en Kanxoc. Y por supuesto queremos conocer sus opiniones sinceras sobre la visita del subcomandante”.

“Sobre la visita del subcomandante”, comienza un hombre. “Es una visita para ver un ejemplo de la pobreza de la gente. Debería venir a verla. Hay gente que viene acá solamente para hacer política… pero cuando llegan al poder abandonan a la gente”.

El señor comienza a explicar una de las quejas más apremiantes de la población: sobre cómo, luego de la total devastación de los cultivos de maíz para subsistencia del pueblo, el año pasado por los huracanes, luego de que el gobierno firmara papeles aceptando dar 840 pesos (unos 80 dólares) por hectárea a los campesinos que perdieron sus cultivos, “no va bien. No están pagando”. Peor, se lamentan otros, algunos sobres contienen pagos parciales que han sido robados. Un campesino con cuatro hectáreas recibió apenas diez pesos (menos de un dólar) en vez de lo que le prometieron. Otros recibieron solamente pagos parciales de 250 pesos por hectárea, menos de un tercio de lo que fue autorizado. Nadie ha recibido lo prometido. “No nos da nada para remplazar nuestras pérdidas”, dice una mujer en maya. “No le dan a nuestros esposos ni un peso”.

Mientras, la gente pasa hambre. Tienen que pagar para conseguir la comida que una vez cosechaban: maíz. Pero no hay dinero porque no tienen maíz para vender. “Les pedimos”, dice otro a los periodistas, “presionar a los poderosos para que atiendan nuestras demandas”.

Otra gran queja, escuchada una y otra vez este caluroso día, es sobre el nuevo camino al pueblo sin terminar. Luego de muchos años de lucha, el gobierno del estado de Yucatán construyó a fines de los años noventa un camino a Kanxoc desde la ciudad de Valladolid (con 62 mil habitantes), una pequeña metrópolis en la carretera Mérida-Cancún. Pero el camino nunca fue terminado, dejando a los 1,200 ciudadanos de Kanxoc solamente con caminos peatonales para llevar el maíz que ahí crecía —y volverá a crecer la próxima temporada— al mercado. “Tienen que cargar el maíz en sus espaldas muchos kilómetros”, grita un ciudadano. Los políticos de los partidos políticos institucionales de México vinieron a Kanxoc prometiendo terminar la carretera. Pero luego de la elección nada pasa. La gente de Kanxoc ya tuvo bastante de los políticos.

“No votamos por nadie, ¿verdad compañeros?”, grita a la asamblea. Un murmullo de voces expresa lo que parece un fuerte acuerdo en lengua maya, moviendo las cabezas de arriba a abajo.

“Nos dan despensas y está bien, pero necesitan cumplir con lo que prometieron”.

Más aún, “la escuela se está cayendo. Las puertas están podridas y rotas”.

Otro hombre interviene:

No queremos que venga otra persona a engañarnos. Queremos una persona que venga y cumpla su palabra… hemos hecho seis viajes para ver al gobierno y demandarles el pago que prometieron. Tengo los papeles que firmaron prometiéndolo. Los pagos no han llegado… cada vez que un político viene aquí pide la fuerza de los campesinos. Y cuando llegan al poder, nos dejan”.

Otro hombre de Kanxoc agrega:

“Sobre la visita del Subcomandante Marcos: pienso que es muy buena porque está haciéndola sin ambiciones políticas”.

Las mujeres de la comunidad se acercan en masa a los micrófonos. Varias hablan al mismo tiempo mientras el intérprete trata de seguirlas. Como ha sido hasta ahora desde que llegaron los reporteros, no hubo siquiera tiempo o espacio para preguntarle a nadie su nombre, así de dispuestos a hablar y a escuchar están los pobladores. Las mujeres quieren hablar de la clínica de salud, sobre cómo no hay ahí médico los fines de semana, los doctores no hablan maya —“solamente una enfermera habla maya”— y sobre cómo la clínica les cobra 20 pesos, aún a las embarazadas, si no han donado trabajo al gobierno (a través de un concepto que data de tiempos de la esclavitud, conocido como “fajina”).

Un hombre de 56 años llamado Bartolo dice:

Vemos importante la visita del Subcomandante Marcos porque parece que todo las cosas que exige el Subcomandante Marcos es bien para todos, es bien para los pueblos indígenas. El gobierno le dice a todos los mismo pero no es cierto. El Subcomandante Marcos es un buen luchador. Los pobres no tenemos derechos constitucionales. Si tenemos algo de tierra los ricos la invaden.

“No tenemos agua para beber”, comenta otro ciudadano de Kanxoc, “ni electricidad, calles, aceras… no hay escuela de bachillerato aquí…”.

“No tenemos ganado. Producimos lo poco que tenemos”, dice otro. “Hoy estamos muy abandonados”.

“Soy el jefe de policía”, dice un hombre. “Pero no tengo policía. Los políticos prometieron enviarme diez policías, pero no los enviaron. Soy un comandante pero no puedo hacer nada sin policías. Algunas veces los jóvenes causan problemas, pelean entre ellos. Un comandante no puede con diez jóvenes. No tenemos vehículo para enviarlos a las autoridades en Valladolid. Algunas veces inclusive invaden la iglesia y la usan para fumar. No hay seguridad. No tenemos alumbrado público”.

Esta es gente dejada a su suerte, en tierras destruidas por ciclones, aislada (el camino a Kanxoc termina ahí, no lleva a parte alguna).

Una mujer habla: “Mucha gente y niños están enfermos —resfríos, desnutrición, diarrea, dolo de estómago. Es pero desde que perdimos nuestros cultivos de maíz”.

Un grupo de mujeres viene a los reporteros y, a través del intérprete, nos pide visitar la iglesia del pueblo con ellas: un viejo edificio colonial, que se levanta contra el ardiente y penetrante sol. Luego de entrar, el sacristán aparece y habla en maya: “Sabemos que está fea. Las paredes se están pudriendo. El viejo altar se va a caer pronto”.

Arte precioso del siglo XVI adorna las paredes de la iglesia, pudriéndose desde el fono y cayéndose. Una grieta corre desde el techo donde un rayo dio una noche. Los periodistas son invitados a filmar el pueblo desde el techo. Subimos por la escalera de caracol hecha con troncos, filmamos el horizonte en 360 grados de esta península plana como un pastel. Bajamos y un grupo de hombres se aproxima…

El cenote de San Joaquín

“Quisiéramos invitarlos a ver el cenote”, nos indica su vocero designado, señalando en la dirección de una fuente subterránea de agua cristalina similar a las que, en algunos pueblos en la ruta turística de Mérida-Chichén Itza-Cancún-Playa de Carmen-Tulúm, son atracciones para los turistas y deportistas acuáticos. “Les pedimos que le digan al mundo sobre nuestro cenote, así tal vez alguien nos ayude a desarrollarlo y atraer turismo”.

“El problema es”, dice otro, “que la carretera pasa cerca de acá, pero no hay salida para acceder al cenote”.

“Otro problema es que la electricidad no llega hasta ahí para iluminarlo”.

Un poco después, manejamos dos kilómetros entre techos de casas, tendederos de ropa y campos de maíz destrozados por las tormentas, y caminamos algunos metros en los campos sobre piedras lisas, para encontrar el hoyo en la tierra y una escalera de piedra. Siguiendo a los locales, bajamos al primer nivel. El calor brutal del día retrocede ante un aire acondicionado natural.

“Queremos trabajar este cenote, limpiarlo, que se vea mejor”, dice uno de nuestros acompañantes de Kanxoc. “Pero para hacer esto necesitamos ayuda. Solos no podemos hacerlo. No tenemos suficientes recursos para hacer esto. Hay algunos otros pueblos que tienen cenotes y reciben muchos visitantes. La gente les vende artesanías. Lo que necesitamos es más apoyo para hacer esto, además de para traer la luz para que puedan ver que bonita es el agua transparente”.

Las estalactitas descienden del techo de roca. Mientras nuestros ojos se acostumbran a la oscuridad, se tornan más definidas. Un hombre traer una linterna. La batería se acabó. La golpea, pero no sale luz. Otro hombre trae otra. Esta funciona. Los periodistas bajan otro nivel, cuidando las cámaras y las grabadoras que llevan. Y más abajo, mientras nuestros ojos se acostumbran a la oscuridad está el estanque: “¿Qué tan profundo es?”, pregunta alguien. “Muy profundo”.

Y ahí, en la oscuridad, con la humedad y frescura del aire acondicionado natural, en la quietud, los pensamientos y los recuerdos vienen. Y uno piensa en regresar a los caminos, a otros lugares aislados, maltratados por la pobreza y la miseria, con quinientos años de dominación contra quinientos años de resistencia… a una tierra llamada Chiapas… con sus propias bonitas cañadas y cascadas y cuevas y maravillas naturales como la que encontramos en Kanxoc… y cómo por años la gente en ese lugar esperó que alguien viniera — “tal vez alguien nos ayude a desarrollarlo”— pero en lugares donde el gobierno o los grandes poderes y el dinero vinieron a “ayudar”, la ayuda simplemente llevó a más explotación, más pobreza, más miseria…

Y un día, tal vez hace 21 o 22 años, un grupito de rebeldes, incluyendo a un veinteañero, vino con ideas de “ayudar” a los empobrecidos nativos, pero encontró, en cambio, que en vez de tener algo que enseñar a los indígenas de Chiapas, tenía todo que aprender de ellos. Y de alguna manera durante esta conversación de 21 años, un ejército rebelde nació, “una máquina de guerra fuera del Estado”, un Ejército Zapatista de Liberación Nacional, y un subcomandante llamado Marcos… y hoy, en varios lugares de una tierra llamada Chiapas, donde una vez hubo maravillas de la naturaleza abandonadas y olvidadas, hay ahora lugares donde la gente viene de todo el mundo. Y sí, visitan esos preciosos lugares, y sí, compran artesanías, y dan una ayuda marginal a los marginados, pero eso no es el punto.

El punto es que los indígenas rebeldes de Chiapas dejaron de esperar que alguien viniera para “ayudarlos”, y aunque tuvieron que hacerlo sin dinero, con enfermedades, con comida inadecuada, con una “educación” inexistente o, peor, malévola, con enemigos violentos alrededor —los nuevos y viejos dueños de las plantaciones y sus paramilitares, los jefes políticos, la policía, los militares—, de alguna manera en esa conversación masiva que comenzó entre unos cuantos y creció para incluir a cientos de miles, cada uno comenzó a ayudar al otro en lugar de esperar que alguien viniera a ayudar. Lo mismo fue así luego de que la tormenta tropical Stan (septiembre 18 de 2005) soltara un torrente de agua sobre Chiapas, entre otras tierras, causando deslaves y derrumbes, destruyendo cultivos de maíz como hicieron Wilma y Emily aquí en Kanxoc, inhabilitando caminos y puentes, dejando a muchas comunidades zapatistas incomunicadas del resto del mundo, hambrientas y desprotegidas del frente frío que vino luego. Y aún entonces, los rebeldes organizaron esfuerzos de asistencia que fueron independientes de los gobiernos, una campaña de ayuda “de abajo a la izquierda”, en lugar de esperar por que alguien viniera.

Y hoy, la vida está mejorando en esos lugares. Y hoy, la gente controla su vida. Y hoy, la gente —la gente maya, como la gente de Kanxoc— rechaza ayuda alguna del gobierno, pero sus vidas están notablemente mejor. Un lugar donde nadie más busca “ayuda”, sino, más bien, en su autonomía, se ayudan entre ellos y, coincidentemente, ayudan al mundo entero a encontrar un camino fuera de este atascadero de un sistema inhumano que saca todo lo que puede de nosotros que aún somos humanos.

Y ahí, en la oscuridad meditativa del cenote de San Joaquín, no hay ayuda, no hay Estado, no hay sistema, pero hay un silencio que habla, no, susurra… tal vez como la Cruz Parlante del tipo que provocó la Guerra de Castas hace tantos años… susurra… “libertad… justicia… democracia”…

En algún lugar desde el fondo de este pozo, este fresco cenote, algo hace señas. Un pensamiento, tal vez, o mejor dicho, un sueño… que finalmente alguien puede venir con el absurdo pero irresistible sueño que susurra que nadie necesita venir… que no hay Estado, que no hay un poder más alto, que no hay nadie para “ayudar”. Pero hay todavía la mano de hombre y mujer, lista para hacer milagros.

Y tal vez un día, tal vez un día cercano, alguien pueda venir a demostrar que nadie necesita venir. Tal vez. Pero tal vez es solamente un sueño diurno en un día caluroso aplacado por el agua fría que emerge del cenote de San Joaquín, en la tierra baja llamada Kanxoc, Yucatán, donde la gente sencilla y humilde aún lucha y da la pelea.

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