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La Diplomática Marginal explica el “Crimen Organizado” en Brasil

Simone Bastos de Menezes habla a la joven periodista acerca del ascenso y caída de un Códico de Ética del Comando Rojo


Por Adriana Veloso
Parte V de una serie, reportando desde Río de Janeiro

4 de abril 2003

La historia de “el verano de la lata” no era un mito urbano.

Ocurrió realmente a lo largo de la costa de Río de Janeiro. Las latas flotaban en la orilla en Ilha Grande (Isla Grande), en el mismo lugar donde Maria Morena, hija del preso William da Silva Lima, fue concebida.

William, el padre, es uno de los últimos hombres presos bajo la Ley de Seguridad Nacional que comenzó el primer año de la dictadura militar, 1964.

Escuché sobre “el verano de la lata” cuando estuve la primera vez en Ilha Grande, cuando la prisión de máxima seguridad cerrada de Dois Rios ya estaba en ruinas y la villa se había convertido en un pueblo fantasma. Debo haber estado frente a la casa donde Maria Morena, miembro de mi propia generación, fue concebida.


Simone Bastos
Foto D.R. 2003 Al Giordano
A mediados de los años ochenta, la madre de Maria, la bahiana (nativa del estado nordestino de Bahia) Simone Bastos de Meneze, que había sido estudiante de derecho especializada en el sistema de prisiones, dejó de ser parte de la élite y se volvió una paralegal —alguien con amplio conocimiento legal pero sin licencia para ejercer— y una luchadora por los derechos humanos. Esta mujer dejó la escuela de derecho en su año final para casarse con un preso que hablaba de Carlos Marx.

El sistema penintenciario brasileño, hoy, tiene 248 mil presos en 922 cárceles, la punta del iceberg de la marginación y la exclusión social que es nuestra realidad presente, ya sea vista a la distancia a través de los periódicos o en la vida diaria de los barrios bajos. El mercado de trabajo del tráfico de cocaína ha vuelto a las pandillas callejeras ejércitos de guerra, lo que los medios llaman “crimen organizado”.

Simone no está de acuerdo: “¡El crimen en los barrios bajos no está organizado para nada! Esto es un mito inventado por los medios, los mismos medios que crearon la imagen del (famoso supuesto narcotraficante) Escadinha, el hijo de un chileno”, y además, ciertamente, la del exitoso hombre de negocios Luis Fernando de la Costa, mejor conocido como Fernandinho Beira-Mar, actualmente preso, al que los medios comerciales brasileños culpan de la mayoría del narcotráfico en este país.

Los cariocas —Simone y otros— vieron “el verano de las lata” en 1986 como el punto de quiebre. Ella dice que “fue cuando el narcotráfico se volvió visible, porque antes todo mundo fumaba marihuana a escondidas”. Para los que pueden no haber escuchado de “el verano de la lata”, imaginen una lancha traficando cannabis indica, no la cannabis sativa popularizada en los sesenta; cuando la policía vino a la caza, la tripulación de la lancha arrojó las latas al mar, latas llenas de “ese material especial”. Ése es el origen de la leyenda. Todo mundo se volvió loco. Los hermanos se fueron al mar en lanchas rápidas para pescar la marihuana dejada a la deriva.

Un año antes de eso, en el verano de 1985, “la gente podía ir a los barrios bajos y pedir yerba. Y la respuesta era ‘No, sólo tenemos cocaína’. Eso fue cuando la cocaína llegó a Río de Janeiro”, recuerda Simone. Previamente a “el verano de la lata”, la clase media no podía conseguir marihuana en el centro, y cuando iban a los barrios bajos la única cosa que podían conseguir era cocaína.

Fue la época en la que el mercado de cocaína se estableció en la mayoría de los países de América Latina y transformó el crimen en una “organización”. Los millones de dólares invertidos en producir, distribuir y comercializar el producto final —cocaína— encontraron en los barrios bajos cariocas su destino final, ahí donde la gente carece de esperanza. El “narco” es una víctima de la exclusión de clase aunque sus participantes trataron primero se organizarse de manera horizontal con un concepto de solidaridad.

La historia del Comando Rojo


Quatrocentos contra Um: A história do Comando Vermelho
William da Silva Lima
William, el preso y esposo de Simone, explicó en su libro Cuatrocientos uno contra uno: la historia del Comando Rojo (1991, Iser-Vozes Press) el origen del código de ética —la identidad roja— de las pandillas de la calle: grupos criminales que trabajaban juntos para robar. El proceso comenzó en la prisión de máxima seguridad de Ilha Grande durante los años de la dictadura, cuando los miembros encarcelados de los movimientos guerrilleros fueron mezclados con población común de la prisión, los que habían sido arrestados por robo bajo la vieja Ley 157.

La coexistencia detrás de los barrotes de la juventud socialista, que quería la revolución durante la época de la dictadura militar de Emílio Garrastazu Médici y Arthur e Silva, junto a los que practicaban el asalto a mano armada, los que robaban bancos, o solamente avisaban, o los que caminaban la calle con una guitarra —la ley de vagancia que prohibía tocar en la calle sólo terminó en 1988 con la nueva Constitución— creó una conciencia social y política entre los internos “tradicionales”. Esos hombres descubrieron que tenían derechos, que eran todavía ciudadanos.

Los presos brasileños no tenían ley, podían matarse entre sí por un par de jeans, los guardias de la prisión vendían los cuerpos de los internos recién llegados y los presos no eran segregados de acuerdo a la severidad de sus crímenes. Antes de 1984, cuando fueron elevadas las reformas penales, un ciudadano arrestado podía ser sentenciado a prisión antes de ser convicto por un crimen. Antes de 1984, podían encerrar a un preso y tirar la llave. Pero hay mucho que todavía no cambia: “El sistema penintenciario brasileño permanece como productor de marginalidad”, subraya Simone.

Ella afirma que la división de los presos en bloques de celdas, de acuerdo a la gravedad del crimen no se practica ni hoy, lo que pone a un interno que cometió un robo desarmado en el mismo bloque con asesinos y gente que ha cometido muchos tipos de crímenes, incluyendo a los activos en el tráfico de cocaína.

La formación del Comando Rojo resultó de una ética establecida dentro de la población de la prisión que llegó a través de las ideas socialistas traídas por los presos políticos de la dictadura militar. “Los hombres estaban comprometidos con la solidaridad”, dice Simone. “Los tipos que habían entrado a la cárcel recientemente no podían ya ser vendidos como tindás —sirvientes sexuales. No había ya tantas peleas en la prisión. Nadie no podía ya matar a otro por unos jeans. Y el quilingue —el ladrón que roba al ladrón— no era ya más aceptado. Este Código de Ética nació del acceso al conocimiento traído por los presos guerrilleros de clase media, aunque nunca se mezclaron con otros internos”, afirma.

Entonces, había presiones de las clases medias “para separar a los hijos de la élite de los presos comunes, transformándolos en una categoría especial de ‘presos políticos’, cosa que ocurrió a mediados de los setenta”, recuerda Simone.

Así que durante esos cuatro años que los presos políticos y los comunes vivieron juntos en la penitenciaría de Ilha Grande, las pandillas de la calle —conocidas como falanjes— crearon el Código de Ética y lo llevaron a sus comunidades. “Cuando había un robo, el tipo regresaba a su comunidad y hacía una gran fiesta con cachaça (una bebida de alcohol brasileña popular hecha de caña de azúcar) y tenían fiestas de trabajo para construir sus casas”, dice Simone. Esto ocurrió en una era en la que el narcotráfico era muy diferente a la forma en que lo conocemos hoy.

La marihuana era la única cosa vendida en los barrios bajos, “pero ningún niño tenía permiso de entrar a la venta de drogas. En los barrios bajos la gente sólo fumaba luego de oscurecer. Y no fumaba en frente de gente mayor. Los narcotraficantes podían ir al centro a vender marihuana, porque la clase media no iba a sus barrios bajos. Ésta era una era de organización del crimen horizontal, donde el ladrón regresaba algo a su comunidad”, cuenta.

Luego de esta división entre presos comunes y políticos, quedaron noventa presos que habían vivido en Ilha Grande cuando era el presidio de máxima seguridad más grande de Brasil. Esos noventa hombres intercambiaban libros, demandaban sus derechos como ciudadanos y comenzaron a influenciar al sistema penitenciario entero en todo el país. Se comunicaban entre sí a través del congo, un código y un sistema de números que era entendido sólo por los prisioneros que sabían de su existencia. Este sistema comenzó con numéros y evolucionó a los signos, a las palabras. No era el tiempo de los teléfonos celulares y los pinchazos, las notas eran transportadas, pero solamente podían ser entendidas por los que pertenecían a una pandilla específica.

Por lo que estos noventa hombres fueron aislados del resto de los presos comunes que llegaron a fines de los setenta, cuando la anistia, o “amnistía” —se permitió regresar a los exilados al país—, se volvió ley y el movimiento de personas desaparecidas comenzó a desesperarse sobre la gente desaparecida. Se volvieron los presos políticos de un tiempo en que la dictadura militar estaba por terminar.

Esta solidaridad que vino de pensamientos socialistas se pasó adentro de las rejas, por los congos, así como el código de ética. El Chileno—el mencionado padre del comerciante de drogas Escadinha, que fue famoso a fines de los setenta— fue también responsable por la diseminación de las ideas socialistas en los barrios bajos llamados Juramento. El Chileno nunca fue un criminal, había escapado de la dictadura de Pinochet en Chile y se casó con una mulata.

Cocaína en los barrios bajos:
“Purgatorio de la belleza y del mal”


Simone Bastos
Foto D.R. 2003 Al Giordano
Simone Bastos de Menezes explica claramente la división de tiempos usando una metáfora entre la marihuana, el pensamiento socialista, la horizontalidad de los marginados y su solidaridad con la comunidad. Cuyo punto de quiebre, comenzando por “el verano de la lata” en 1986, “cuando el narcotráfico se volvió visible”, dice.

Para Simone, el barrio bajo es meramente un microcosmos del sistema capitalista. Hay un mercado de trabajo muy claro. El joven comienza como fogueteiro —usando fuegos artificiales o cometas para hacer saber a la gente que la policía se acerca. Luego se vuleve un vaporeiro —un distribuidor de droga. Luego un soldado para defender la organización hasta que alcanza el nivel más alto: Gerente de Boca —el gerente de un punto de distribución de droga. De esta manera, la marginación social lleva fácilmente a la marginación criminal. “La cocaína llega a los barrios bajos de manera capitalista, con su propio mercado de trabajo”, afirma Simone.

En los últimos quince años, la cocaína se expandió por doquier en Brasil. El narco se convirtió en algo conococido como “poder paralelo”, y comenzó a cerrar todos los negocios en algunos vecindarios a veces para mostrar su fortaleza. Esto continúa en el presente, en el estado la gobernadora Rosinha Garotinho —o Rosita— afirma que es “dura con el crimen” y Fernandinho Beira Mar está ahora preso y es una estrella pop perseguida por las cámaras.

De Escadinha —el hijo del chileno— en 1968 a Fernandinho Beira Mar hoy, el tráfico de drogas ha crecido en enormes proporciones. La criminalidad en Brasil está dominada por este lucrativo mercado de trabajo de cocaína que se presenta a símismo a las comunidades marginales como la única manera de sobrevivir. En el barrio bajo, la única ley es la del mercado de tráfico de droga.No hay más un Código de Ética de solidaridad con su comunidad, como hubo en las décadas pasadas cuando los ladrones tenían esas fiestas. Hoy hay un crimen violento y tenso de parte de los consumidores de droga que necesitan grandes cantidades de dinero para pagar los precios de la prohibición.

En 1987, un año después de aquel famoso vernao de la lata, no había carencia de marihuana en la ciudad. Los comerciantes se dieron cuenta de que el mercado de cocaína ya se había establecido, y que ambas drogas podían coexistir ahí.
“Hasta los jóvenes de los barrios bajos comenzaron a usar cocaína”, dice Simone. Recuerda la escena que atestiguó en el barrio llamado Mangueira entonces: “Un niño, que dirigía el comercio de drogas en la calle, era muy joven, como de 16, llegó con dos pistolas en la cintura y ahí compró diez pares de tenis Nike blancos, todos iguales, de una mujer que vendía cosas robadas en la calle, cada uno por unos 25 dólares. ¡Eran eran más de 250 dólares en pares de tenis iguales! Al chico no le importaba llevar sus ganancias a casa o ayudar a su comunidad; él quería ser igual a un playboy de Ipanema”, dice. Simone describe la condición presente del tráfico de drogas en los barrios bajos de Río de Janeiro como una organización de comercio de droga jeráquica, muy diferente de como estaba organizada por aquéllos que los medios llaman el “Comando Rojo” (Comando Vermelho).

Perspectivas de una juventud perdida en el polvo

Simone cree que es tiempo de que los medios encaren el tema de las drogas desde diferentes puntos de vista. Es tiemo de que los medios jueguen su papel como actores sociales y extiendan el debate sobre el tema con puntos de vista sobre salud, educación, estructura, derecho y la sociedad.

“De la generación de mi esposo, de aquellos noventa hombres que se volvieron presos políticos cuando terminaba la dictadura militar, hoy quedan vivos sólo cuatro”, dice Simone.

William nació en los años cuarenta y tiene tres hijos. Es uno de los últimos hombres en prisión bajo la Ley Nacional de Seguridad de la época de la dictadura.

Si esta generación, que robaba bancos para construir casas para su comunidad, se extinguió con los años como resultado de la violencia social, imaginen cuán diferente es el crimen hoy en Río de Janeiro. Arrojar molotovs al lobby de un hotel de lujo en la playa de Copacabana (como ocurrió la otra noche en el Hotel Meridian) o quemar autobuses es un acto de violencia comparable a la miseria cultural en la que estos jóvenes que lo llevan a cabo fueron criados. Las opciones dejadas a alguien que ha nacido en un barrio bajo se reducen a una. El que escapa se convierte una excepción cinematográfica.

Hoy, Simone, la diplomática marginal, como se describe a sí misma, sigue su trabajo en la ong conocida como Programa Integral de la MArginación (PIM), donde es responsable de trabajar por el mejoramiento del sistema penitenciario de Brasil. Crea proyectos para las cárceles, principalmente en temas de salud, acerca del sida y la reducción de daños.

Su perfil es similar al de muchos brasileñós. Simone tiene “esperanza en que el discurso permisivo de la izquierda se vuelva un compromiso social por el cambio”, en una referencia a la elección del Presidente Lula da Silva. Hay esperanza de que el gobierno de Lula hará posible la creación de programas para combatir la marginación de la gente.

Esto se aplica a la actual política de drogas, responsable del mercado de trabajo de cocaína en los barrios bajos de Río de Janeiro, a la exclusión social de la gente que vive en los barrios bajos que no pueden encontrar empleos, y al acceso del público creciente a la cultura, como una canción punnk popular cantaba en el tiempo del verano de la lata, “porque no queremos sólo comida: queremos comida, diversión y arte”, cuando la autora, estimado lector, era apenas una niña.


Simone e William
Foto D.R. 2002 Jornal da Tarde

Simone y William son la pareja que sobrevivió a la generación que no hizo la revolución. Y se mantienen luchando contra la exclusión social. Y tal vez, puede ser, porque ella nunca se rindió, el sueño de Simone puede convertirse en verdad. “Creo que mi sueño de vivir con William sólo se hará verdad cuando estemos de verdad viejos”, suspira esta Brasileña Auténtica que nunca perdió la esperanza.

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