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“Un nuevo mundo es posible, urgente y necesario”

Una visita al obispo Samuel Ruiz


Por Charles Hardy
Especial para The Narco News Bulletin

25 de septiembre 2003

QUERÉTARO, MÉXICO; SEPTIEMBRE DE 2003 Escuché a mi amigo decir al teléfono, “Tatik, Charlie llegó recién en el bus. ¿A qué hora sería mejor para nosotros que te visitemos?”. Unas cuantas horas más tarde, a las 4 pm de una tarde de sábado, hicimos sonar el timbre de su hogar y fuimos recibidos personalmente por el Tatik.


El obispo Samuel Ruiz
Foto D.R. 2003 Charles Hardy
Tatik (que significa “padre” o “anciano”) es un título afectivo de la lengua tzotzil para el obispo Samuel Ruiz, retirado de su obispado en Chiapas, México, y quien ahora vive en la ciudad de Querétaro.

Ruiz fue nombrado obispo de Chiapas en 1959 a la edad de 53 años. Poco después de su llegada, se percató del problema de los pueblos indígenas y comenzó a defenderlos. En 1993, Roma le pidió renunciar a su cargo, pero desechó el pedido cuando unos cuantos miles de indígenas marcharon en su apoyo. Habiendo alcanzado la edad obligatoria para el retiro (75) y luego de trabajar en Chiapas por más de cuarenta años, renunció en marzo de 2000.

El propósito de mi visita era una entrevista para Narco News. Estaba un poco dubitativo porque había leído un artículo de 1998, escrito por Sergio Muñoz en Los Angeles Times. Muñoz escribió acerca del obispo: “No puede decir que sea de trato fácil. Tiende a los monólogos apasionados y odia ser interrumpido”. Quizá los cinco años desde esa entrevista lo han suavizado o posiblemente tiene algo que ver con el entrevistador, pero durante las dos horas que pasamos bebiendo café y comiendo galletas en su mesa estuve de visita con un hombre muy diferente del que describió Muñoz.

A los 79, Ruiz no fue solamente amigable, sino también intelectualmente agudo y dispuesto a escuchar así como a hablar.

Desde que vivo en Venezuela, los eventos de los últimos años han sido mi foco de atención. También han ensombrecido para mí lo que ha ocurrido fuera de Venezuela, incluyendo al movimiento zapatista en México. Lo poco sabía de ellos, lo he obtenido de los reportes de prensa internacionales.

Lo que sigue son dos ejemplos de esos reportes citados en un reportaje reciente de Narco News de Annalena Oeffner. El 8 de agosto, un cable de Associated Press afirmaba que “la mayoría de los indígenas, aún en la selva zapatista, han declinado unirse al movimiento..:”. Otra nota en el Financial Times de agosto 10 decía que la ausencia del Subcomandante Marcos en el encuentro del 8 al 10 de agosto en Oventik era vista como “un signo de su poder declinante dentro de la jerarquía zapatista”.

Basado en este tipo de información, buscaba una respuesta del obispo a dos interrogantes fundamentales: 1)¿Estaba declinando el apoyo a los zapatistas? y 2) ¿Estaba siendo remplazado el liderazgo del Subcomandante Marcos? Al final de la entrevista descubriría que ambas preguntas estaban muy pobremente hechas.

Primero, el obispo fue rápido al señalar que los zapatistas no representan solamente al pueblo de Chiapas, sino que son una expresión de lo que se ha sentido en todo México. Entonces pintó un escenario político que dio luz al movimiento zapatista.

Ruiz dijo que había un rechazo nacional del manejo político que siguió a las elecciones de julio de 1994, manteniendo al PRI [Partido Revolucionario Institucional] en el poder en ese tiempo. Cuando los zapatistas aparecieron en escena, el diálogo que siguió mostró claramente que sus problemas se sentían por todo el país.

De acuerdo a Ruiz, el gobierno trató de desaparecer ese proyecto en cuatro pasos. Primero cuestionaro que un grupo indígena pudiera sentir que representaba a todo el país. Nadie había elegido a los zapatistas pare representarlos. Segundo, dijeron que ni siquiera representaban a los indígenas pobres del país. Tercero, que ni siquiera representaban a los indígenas de Chiapas, ni siquiera a la gente de los municipios de dónde vinieron. Y finalmente, el gobierno llegó al extremo de negarles la legitimidad que tenían con el gobierno anterior, diciendo que el movimiento era apenas el resultado de un “tipo” (Marcos), que se había infiltrado en Chiapas y que usa una máscara y fuma pipa, por lo tanto negando a los indígenas la potestad del movimiento.

A causa de esta versión del gobierno, el obispo dijo: “Debe decirse con claridad que es un movimiento centrado en Chiapas, pero que tiene orígenes nacionales”. Y más, agregó, los medios masivos siguen difundiendo la idea de que el problema de los zapatistas es solamente el problema de Chiapas.

También dijo que cuando el presidente Fox asumió el “trono” de México, señaló que el problema de los zapatistas era un problema del gobierno anterior. Pero los zapatistas respondieron, de acuerdo al obispo Ruiz, “No, no, no, señor. Tiene usted un problema con nosotros y nosotros tenemos un problema con usted porque se está sentando en el mismo asiento que los gobiernos anteriores. No puede decir que la deuda externa le pertenece al gobierno anterior. Igualmente tenemos un problema con usted y usted tiene un problema con nosotros. La diferencia es que nosotros queremos resolver el problema a través del diálogo y no de la fuerza”.

Enfatizó que el problema de los indígenas no era solamente mexicano, sino que estaba presente en todo el continente. Los indígenas siguen estando colonizados. Con pocas excepciones, “de Alaska en los Estados Unidos a la Patagonia [en Argentina], los indígenas son el piso debajo del resto de la sociedad. Esto debería indicar que no es por su voluntad que esto es así, sino que el sistema los coloca en el margen de la sociedad”. Pero, por el intento de celebrar los 500 años de la conquista de América, los indígenas se han levantado y ahora dicen que quieren ser dueños de su propio destino. Porque, agregó, 500 años no es nada en comparación con su historia.

Ruiz también afirmó que lo que estaba ocurriendo en Cancún (la Organización Mundial de Comercia se reunía el día que yo lo visitaba) mostró que inclusive el resto del mundo está reconociendo que hay problemas con el sistema. Dijo que “no solamente un nuevo mundo es posible, sino que es urgente y necesario”.

Mi primera pregunta, de alguna manera en consecuencia, tenía poco sentido para él, ya que rechazó enfocar el problema en los zapatistas. Lo que estaba ocurriendo con ellos era solamente una pequeña parte de la conciencia que estaba levantándose en toda América y el mundo.

Siguiendo con mi segunda pregunta, dije que había leído en Venezuela que el Subcomandante Marcos estaba delegando su poder en otros. Una vez más mi pregunta estaba fuera de lugar. El obispo fue veloz al responder: “Eso es una mala interpretación de la situación. Él nunca tuvo poder. La prensa ha intentado decir que él es el movimiento”.

Entonces señaló que Marcos no es un indígena y que es solamente un “subcomandante”. Tuvo un papel definitivo en la seguridad de la gente, pero en una dimensión técnica. Nunca participó de los diálogos aunque estaba presente en el primero, porque fue invitado la noche antes para que pudiera comunicar a la prensa lo que pasaba. Hablaba mejor español que el resto de los presentes.

Refiriéndose a la ausencia de Marcos en el encuentro de Oventik en agosto, el obispo dijo que lo que pasaba es algo de autocrítica para clarificar al mundo que Marcos no es el movimiento.

Cuando le pedí que explicara lo que los zapatistas quieren decir con “mandar obedeciendo”, respondió: “No hay nada que explicar. Cualquier autoridad debería obedecer a su pueblo. No está para mandar sino para preguntar, ‘¿Qué es lo que esa comunidad quiere?’. No debería ver por sus propios intereses sino preguntar por los intereses que servirían a la comunidad”.

Entonces le conté una historia. Me contaron en Venezuela que hay un grupo indígena donde el líder es “el que escucha”. El obispo tomó con escepticismo la palabra líder diciendo que era una palabra de norteamerica. Reconoció que palabras similares existen en español, pero sin embargo prefirió hablar en términos de “procesos” en referencia a América Latina. Cuando hay líderes el problema es, dijo, “alejar al líder y terminar con el proceso”.

También le pregunté su opinión sobre la “democracia participativa” en distinción a la “democracia representativa”. El término se utiliza a menudo en la Constitución de Venezuela de 1999. También lo puso en el contexto mundial, diciendo que la guerra en Iraq había mostrado con claridad que existe un “divorcio” entre la gente y sus representantes elegidos en Estados Unidos, Inglaterra, España y aún en México. Han sido escogidos por sus partidos políticos, recibieron su poder a través de elecciones pero luego fueron tras sus propios intereses. No hay manifestaciones en ninguna parte del mundo en favor de esos líderes, recalcó.

Dijo que ahora era claro que no podrían ser los partidos políticos los que guiaran en el futuro al mundo, sino las organizaciones no directamente conectadas con el gobierno.

Concluyendo la conversación sobre los zapatistas, tenía algunas preguntas para el obispo sobre la situación de la iglesia católica en el mundo hoy. Una era si existía o no todavía la Teología de la Liberación. Él respondió: “¿Hay una teología de la esclavitud?”. Para el obispo Samuel Ruiz, la única teología que merece tal nombre es la que libera.

Siguiendo con la entrevista, quería tener otra perspectiva sobre el movimiento zapatista. No soy experto en el tema y, aunque he visitado México muchas veces, nunca estuve en Chiapas.

Un amigo me prestó un libro titulado Marcos, la genial impostura. Fue publicado en 1998 y tiene dos autores. Uno era un francés, corresponsal de Le Monde, que llegó a México en 1993, Bertrand de la Grange, y la otra la corresponsal del diario español El País desde 1994, Maite Rico. El libro presentaba una imagen casi totalmente opuesta de la que pintaba el obispo Ruiz.

En sus 472 páginas, me dijero lo siguiente: 1) No hubo nada particularmente inusual en las elecciones de 1994; 2) Había poco apoyo para los zapatistas en Chiapas o en cualquier otra parte de México; 3) Marcos era su líder en cada acción —los indígenas jugaban un rol muy pequeño; 4) El obispo Ruiz estaba a veces tan alineado con los zapatistas que los servicios secretos mexicanos pensaban, por un tiempo, que era el Comandante Alemán; y 5) Los zapatistas habían logrado poco para la gente que supuestamente representaban.

El libro está lleno de interesantes entrevistas e información. Es asimismo una presentación de un solo lado que parece representar la posición del gobierno que Ruiz había descrito.

Unas cuantas frases en la página 282, como sea, me impresionaron especialmente. Los autores sabían lo que Ruiz estaba sintiendo y pensando el 26 de octubre de 1993, cuando recibió el pedido del nuncio apostólico, Girolamo Prigione, de renunciar. “Tomo aire, pero se sintió mareado. Estaba convencido, y estaba en lo cierto, de que era un ajuste de cuentas político. Sabía que el contenido de la carta que había enviado al Papa tres meses antes, durante su visita a México, había irritado al gobierno” (La carta hablaba acerca de la situación política de México y de la opresión de los indígenas).

Siempre me sorprenden los periodistas extranjeros que no solamente pueden hacer entrevistas y reunir información, sino que son capaces de llegar tan lejos, al fondo de una situación, que incluso sabe lo que la gente piensa y siente.

Leyendo el libro, sentí que estaba leyendo sobre Venezuela y no sobre México. Nosotros también estamos plagados de corresponsales extranjeros y periodistas locales que a veces hacen una incursión a los barrios y emergen con un mejor conocimiento de lo que está ocurriendo en ellos que los que han vivido ahí por décadas.

¿Qué historia sobre los zapatistas es la correcta? ¿La del Tatik? ¿O la del gobierno y esos reporteros? No estoy en posición de decirlo y en unos cuantos días volveré a Venezuela, donde he vivido la mayor parte de los últimos 18 años.

Pero me preocupa algo: ¿es posible que Bertrand de la Grange y Maite Rico estén ahora en Venezuela reuniéndose con líderes de la oposición y preparando otro libro? Ya puedo ver el título, posiblemente escogido antes de ir para allá: Chávez, otra genial impostura.

Charles Hardy, nativo de Cheyenne, Wyoming, ha residido en Venezuela la mayor parte de los últimos 18 años. Como misionero católico, vivió en una choza de cartón y lata en un barrio de Caracas de 1985 a 1993. Es professor de la Escuela de Narco News de Periodismo Auténtico (de la primera y segunda sesiones de 2003). Sus columnas aparecen con frecuencia en www.vheadline.com y pueden encontrarse en inglés y en español en www.cowboyincaracas.com. Pueden enviarse comentarios a: Charlie@cowboyincaracas.com

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